Parafraseando en el título el relato “¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?” de Raymond Carver, quería aprovechar para hablar un poco acerca del arte, pero yo quería centrarme sobretodo en la literatura, aunque por supuesto, todo esto puede ser aplicado a todo el mundo del arte en general.
Estos días en Crítica Literaria hemos estado hablando de la estilística y teníamos que leer un texto de un viejo conocido. Dámaso Alonso. En él, Dámaso hablaba de la necesidad de que la estilística se convirtiera en la “ciencia de la literatura”. Cuando lo pienso ahora me río, en primer lugar porque para hacer una ciencia debes delimitar el objeto de estudio y en segundo lugar porque delimitar la literatura es algo verdaderamente complicado.
Según Jakobson, en la literatura predomina la función poética, definiendo la función poética como aquella que produce en el lector una desautomatización de la lectura, de tal manera que se preste atención al signo, a lo que se está leyendo. Por un momento se pasean por mi mente aquellas clases de Literatura y Comunicación con Mercedes Comellas, pero continuaré con el tema que nos atañe.
¿Qué es literatura? sí, ya sé, debe predominar la función poética en el texto para que sea considerado literario, pero ¿y si conseguimos el efecto de la función poética sin la función poética? y si coloco en un libro de relatos una receta o aplicándolo al arte ¿y si coloco un retrete en una galería de arte? Lo más divertido de todo es que la gente se parará e intentará descubrir la intención del autor con tal obra de arte.
Representa el estado del mundo -dirá uno.
Representa las necesidades del hombre -dirá otro.
Representa lo vergonzoso del hombre- dirá un tercero.
Y otros, pensarán- representa las ganas de ganar dinero del autor, el ingenio de éste y la gilipollez de los presentes. En fin, hay muchas perspectivas de interpretación para un retrete en una galería de arte, pienso que todo se debe a esa búsqueda de la originalidad, que en la literatura ha llevado a cosas tan extravagantes como el dadaísmo de Tristan Tzara (rumano por cierto) Sin lugar a dudas el dadaísmo consigue una desautomatización de la lectura, también la visión de un retrete en una galería de arte consigue que lo miremos de otra manera, aunque también es verdad que en ocasiones la gente actúa en las galerías de arte de forma extraña. Me pongo como ejemplo:
Hace unos días tuve la oportunidad de acudir a una exposición de pinturas de M.C Escher 
Sin embargo no todas las pinturas eran tan interesantes como las de la imagen. Hasta que Escher descubrió su propio estilo hizo muchas obras que pueden ser comparadas con las de cualquier artista callejero, pero estaban expuestas ahí claro y decidme ¿qué hace uno cuando la cola no avanza y tiene que quedarse mirando un cuadro que no le dice nada? Pues mirarlo, y además con expresión de vivo interés. Creo que no soy el único, lo cual no me consuela, pero bueno.
Dicho esto ¿qué limites tiene el arte? No olvidemos que el arte es la imitación de la realidad, la realidad es infinita y aunque nosotros seamos finitos sabemos que somos potencialmente infinitos (potencialmente porque tenemos una vida limitada en el tiempo), así que es posible que el arte también sea infinito, ya sabéis “ars longa, vita brevis”





16/04/07 at 03:01
Pablo,
Me gustó sobremanera la pintura de Escher que colocaste en tu entrada.
16/04/07 at 16:25
Pues aún está en Plaza Castilla la exposición si vives en Madrid, además es muy barata para los estudiantes. 2 euros y te aseguro que vale la pena, eso sí, al pasar por la tienda uno desea comprar miles de cosas, porque las hay muy chulas, pero como aquí un servidor está “sin futuro y sin un duro”, pues no compro nada.
17/01/08 at 00:20
[...] Maurits Cornelis Escher se hacen realidad. Dedicado a todos los que llegan al blog en busca de algo relacionado con este artista de lo [...]