Robert Müller es un portero de hockey hielo internacional por Alemania, al que se le han diagnosticado 7 semanas de vida. El guardameta padece un cáncer cerebral, producido por un tumor especialmente agresivo y maligno. Ajeno a toda la conmoción social que ha despertado su caso en su país, Müller sigue entrenándose humildemente con la ilusión de disputar el arranque del Campeonato alemán -a finales de noviembre- para “agradecer así la confianza que mi equipo siempre ha depositado en mí”.
Todo empezó con unos mareos en noviembre de 2006 que le obligaron a abandonar el hotel de concentración de su equipo, el Adler Mannheim, durante la celebración de la Copa Alemana en Hannover. Los estudios confirmaron la existencia de un tumor maligno en el cerebro que le fue extirpado parcialmente. A ello le siguieron sesiones de quimioterapia y rayos, y la posibilidad de que retornase al deporte activo parecía esfumarse. Sin embargo, tres meses después el guardameta volvía al hielo para seguir practicando el deporte de su vida.
“Sé que tengo todavía un resto en la cabeza. Pero he tenido mucha, mucha suerte”, declaró Müller en su momento, sin saber que, tras el descanso, llegaría una segunda parte de sufrimiento. El nuevo golpe llegó en agosto de este año, cuando en una revisión rutinaria se comprobó que el tumor había vuelto a crecer. Fue necesaria una segunda operación, pero también esta vez fue imposible extirpar todo el tumor, pues ejerce presión sobre los vasos sanguíneos. En ese momento los médicos le comunicaron que ya no había solución posible y que le quedaban siete semanas de vida.
El club donde jugaba cuando se le detectó el tumor, no le alineaba regularmente precisamente para evitar posibles complicaciones en su estado de salud. Por ello Müller, en su empeño por jugar y ser tratado como un jugador más, consiguió el pase a los Kölner Haie (Los “Tiburones de Colonia”), equipo en el que milita actualmente y al que ayudó con sus paradas a conquistar el pasado año el subcampeonato alemán, lo que le valió para representar a su país en el Mundial en Canadá.
“Sé que no hay nada que hacer. Sin embargo, no tengo dolores y me siento bien y sencillamente tengo que vivir con el tumor el tiempo que me queda y quiero aprovecharlo haciendo lo que me gusta”, afirma el cancerbero con orgullo. El deportista prefiere no hablar sobre su enfermedad y centrarse en su mujer, en sus dos hijos pequeños, y en el deporte de su vida: el hockey sobre hielo. “Quiero seguir entrenando y jugar por mis méritos, y no por lástima”, finaliza. El director deportivo del club, Rodion Paüls, añade a Die Welt que “entrena con un empeño increíble. Lo veo todos los días y ha avanzado mucho”.
Con todo, la mejor parada de su vida es la que ha frenado de momento su muerte -la mayoría de los enfermos por este tipo de tumores no llegan a vivir ni un año, afirma sorprendido su médico, Wolfgang Wick, según recoge en su información El Mundo-, y su actuación memorable que todos recordaremos con el paso del tiempo es la que le está llevando a vivir con total entereza sus últimos días de vida.








La vida siempre dando reveses.
Eso es un héroe. Alguien que vive. Sencillamente.