No sigas leyendo si esperas encontrar un artículo periodístico sobre los motivos, las fechas y los números del conflicto árabe-israelí. Para eso, acude aquí, aquí o aquí.
Me quito el disfraz de periodista, ése que en tantas ocasiones me da tanto asco, para quedarme desnuda ante los atroces hechos a los que me enfrento cada día delante del televisor. Atónita e increíblemente indiferente. Porque aunque critique a esos profesionales de la información, soy igual que ellos. Después del segundo plato viene el postre. Y si puedo, una siesta en el sofá.
El mundo entero recibe imágenes, palabras, letras, que tratan de hacer un pequeño esbozo de la masacre que se está sucediendo en Palestina. Y nos quejamos, pensamos cómo es posible, cómo esos hijos de puta, que una vez estuvieron del bando contrario, perseguidos, asediados, pueden ahora llevar a cabo un exterminio de este tamaño por tal de conseguir un puñado de tierras, un puñado de dinero. Nuestros gobiernos se limitarán a condenar los ataques. Los medios pondrán al mismo nivel lanzar una piedra que lanzar un misil. Pero mientras, en ESE lugar del mundo (y de ésto podéis estar seguros) a nadie le interesan las palabras caritativas y de apoyo. No les hacen falta. Lo que de verdad quieren es un maldito hecho feaciente con el que poder vendar la pierna amputada de la mujer que ahora está tirada en la esquina, en medio de la calle. Quieren material humanitario con el que dar de comer a las bocas temblorosas, acorraladas ante el miedo, que desearían más de una vez ingerir veneno en lugar de alimento para que cese la pesadilla. Quieren y necesitan que alguien importante, de una vez por todas, entienda a lo que se enfrentan, que dejen de jugar con sus vidas tratándolos como daños colaterales de un objetivo injusto.
Ya lo dije en mi blog personal. En estos días no paro de escuchar las palabras de un profesor que en tercero de carrera defendió la causa israelí. De verdad que si pudiera, mi regalo de reyes perfecto sería encontrarmelo frente por frente y, sin quitarle la vista de encima, pedirle que me explique cómo se puede tener el corazón y la sangre fría necesarias para no sentir compasión por el pueblo palestino. Y odio por Israel.
Bueno, a él y a todos los peces gordos que, una vez más, hacen que este mundo sea inhabitable.
Para finalizar el año, recupero un vídeo algo antiguo pero que se adecua a la situación:
aprendido tenemos que la sinvergonzonería parece ser una esencia nacional de la que nunca nos libraremos.
El fiscal Patrick J. Fitzgerald es quien está llevando a cabo la 



