Hace tiempo, leí una noticia realizada por mi compañero Tonylovsky para el blog cultural Las Manzanas Dulces, que me impactó. Se titulaba Contextos, y hacía referencia a un experimento realizado por el diario norteamericano The Washington Post. Dicho experimento, relatado por Tonylovsky, es el que sigue:
Una mañana, un hombre entra en el metro de Washington, y comienza a interpretar su repertorio. Hasta aquí no hay nada fuera de lo normal, el metro es un hervidero de artistas callejeros que buscan ganarse la vida. Lo excepcional del caso es que esa mañana, el músico que entró en el metro no era otro que Joshua Bell, uno de los más prestigiosos violinistas del mundo, interpretando un repertorio con las más conocidas piezas para violín de la Historia con su instrumento, un Stradivarius valorado en más de 3 millones de dólares. Resulta paradójico que en el tiempo que duró su interpretación, apenas 45 minutos, en la funda del violín había algo menos de 40 dólares, cuando un par de días antes había dado un recital en la Sinfónica de Boston para el que las entradas llegaban a costar más de 1.000 dólares.
¿Qué diferencia hay entre ambas interpretaciones? La misma música, el mismo artista, el mismo instrumento… pero distinto contexto. Podría pensarse entonces que el arte como tal no importa tanto como el contexto en que se produce. Que crudo suena. Sin embargo no deja de ser arte. Somos nosotros quienes ponemos la barrera, quienes, desde nuestra subjetividad, decidimos lo que es cultura y lo que no lo es.
Miles de personas pasan por delante de este virtuoso del violín, ganador de un Oscar a la mejor BSO original por El Violín Rojo, y sin embargo muy pocas personas se acercan a vislumbrar tanta belleza. Tan sólo una mujer, al final del vídeo, lo reconoce, y mantiene con el músico un intercambio de palabras muy emotivo. Todo esto nos deja múltiples lecturas.
La primera de todas, es que las cosas más bonitas las tenemos a la vuelta de la esquina, y no nos damos ni cuenta de ello. Todos las vemos, pero muy pocos las saben apreciar o tienen la molestia de perder unos segundos de su vida para contemplarla. A menudo, nos perdemos las mejores cosas por nuestra propia tozudez, y esto pasa con todo. Una tarde con los amigos de cervezas a la que no vamos porque hace frío, una chica que nos gusta muchísimo pero no nos atrevemos ni siquiera a decírselo, o la oportunidad de mejorar profesionalmente con un poco de valor. La felicidad no es un destino, sino un trayecto; un trayecto formado por pequeñas cositas, por anécdotas del día a día. Si nos las perdemos, la vida ya no tiene sentido. ¿Qué valor puede tener un trineo de juguete? Para muchos ninguno. Para Charles Kane, el de toda una vida perdida.
Sabemos que si somos un poco valientes no nos arrepentiremos del paso dado, pero nunca nos arriesgamos “porque se está muy bien tal como se está” o, como en el vídeo, porque tengo prisa. Lo peor de todo es que la gente suele ver la importancia de estas cosas una vez pasadas, cuando llegan a viejos. Estoy seguro de que si esas mismas personas que pasaban de largo hubiesen sabido que quien tocaba era Joshua Bell, habrían formado corrillos a su alrededor, aunque sólo fuera por curiosidad y ver si ese chico tan famoso realmente toca tan bien.
Esto último me lleva a una segunda reflexión. ¿Realmente lo más importante es quién sea el autor de la pieza, por encima incluso del contenido? Visto el vídeo, parece que sí. Da igual que la última novela del archiconocido autor X sea una mierda. Las editoriales se matarán por publicársela, venderá lo mismo, o incluso más, y a la crítica se le hará la boca espuma al hablar sobre ella. El que dice un libro dice también un artículo. Hay artículos en blogs realmente buenos, y que como mucho lo llegan a leer 10 personas. En cambio, una noticia en Marca.com sobre que al entrenamiento del R.Madrid fueron más seguidores de lo habitual, será vista por cientos de miles de personas.
Y mi última reflexión es la de los líderes de opinión. La de la gente que piensa que algo es así simplemente porque alguien con autoridad a quien admira, sea el Papa, el líder de un partido político, o su cantante favorito, diga que eso es así. Al leer una editorial de nuestro periódico favorito no hacemos más que reafirmar lo que se dice porque ese periódico lo dice. Es muy triste, pero bastante más común de lo que pensamos.
Desde este pequeño rinconcito del ciberespeacio os animo a que seáis lo suficientemente valientes como para decidir por vosotros mismos qué camino quereis seguir en la vida. Al fin y al cabo, lo único de lo que disponemos. Mucha suerte.









Este post de la cosa del violín parte de un concepto equivocado: el de subordinar todo al contexto. Da igual que pongas a Joshua Bell en el metro que a mi vecino de al lado que ha terminado la carrera de piano tocando La pasión según San Juan de Bach. El problema no es el intérprete, ni el autor, solamente la obra. Y el contexto. El contexto es un elemento importante a la hora de analizar, pero en ningún momento condiciona el valor de la obra en sí. Es como decirme que un paraguas no tiene utilidad simplemente porque tú en tu casa tienes el paraguas para anudar el cable del microondas en lugar de para cubrirte de la lluvia. Que un cerdo coma bellotas y no solomillos no quiere decir que el solomillo sea malo. A la mayoría de estudiantes de la ESO actual, en el metro o en el Lope de Vega, les pones a este hombre tocando y seguramente se van a aburrir soberanamente. El problema no es de la obra ni del intérprete ahí, sino del público, que no está preparado para recibirlo. Es competencia cultural, y es diferente a que haya un arte hecho para una élite vendedora de humo. Es muy fácil ver la diferencia.
De todas formas el artículo es demasiado difuso y toca demasiados temas sin pararse en ninguno, con lo cual corremos el peligro de caer en el esloganismo y el razonamiento simplista, que es mucho más peligroso que el hecho de que cada periódico tenga una línea editorial y hay gente que los compre por eso
. La línea editorial de un periódico, representada en lo que tú llamas líderes de opinión -que en este caso concreto no son más que “cabezas visibles” de la ideología patente en el producto en cuestión- no es en absoluto malo. De hecho, podría ser comparable a la existencia de las marcas en otros productos. Cada marca ha de tener un elemento diferenciador con el que el consumidor pueda identificarse y que le lleve a elegir un producto sobre otro. En el caso de la prensa escrita este elemento diferenciador suelen ser la línea editorial y los “grandes nombres”; caso también de la radio, no tanto de la televisión. No tiene por qué ser triste que una persona compre sólo ABC, El País, El mundo, Público o lo que quiera. Tal vez sea triste porque no tenga la inquietud por comparar informaciones y descubrir las trastabilladas que todos los periódicos nos hacen diariamente; sin embargo, en una cultura como la actual, de economía en el tiempo, mal que nos pese, estas cosas acaban siendo necesarias. El currito albañil de mi barrio quiere leer el ABC por las mañanas para ver qué dice, no quiere leer la misma noticia en seis medios para ver qué puede sacar en claro. Quiere leer lo que dice ABC. Y está en todo su derecho.
A pesar de eso, esta frase salva el artículo: “la felicidad no es un destino, sino un trayecto”.
“La línea editorial de un periódico no es en absoluto malo”. No digo que sea malo, todo lo contrario. Me parece perfecto, y no sólo eso, sino también necesario, que cada periódico tenga su propia opinión. Y es normal que la gente no pueda comprar más de un periódico.
Lo que critico es que la gente se crea las cosas sin cuestionárselas, sólo porque lo dice un editorial. Otro ejemplo sería decir “me encanta la última de Pérez Reverte” porque se supone que en todos los medios se le da mucha comba y me tiene que gustar para sentirme bien conmigo mismo, o decir no me gusta este tío que toca en el metro porque es un pordiosero, pero si me dicen de ir a ver a la Sinfónica de Boston a gastos pagados para ver al mismo tío voy porque se supone que eso es “arte”.
Un saludo
Creo que te confundes cuando dices que alguien que va a ver la Sinfónica de Boston a gastos pagados lo hace porque se supone que eso es arte. Lo hace porque cree que es arte porque el nombre es rimbombante y porque el concierto es en un teatro muy boniiiito y muy graaaande y muy antiiiguo. En definitiva, es por el “verás qué bien quedo cuando lo cuente” o porque “toda esta gente tiene que saber un montón de esto”. Pero, en el fondo, no tienen ni idea de si es arte o no, y podrías ponerles igual La pasión de Bach -por continuar con el ejemplo- que una obra satírica de algún movimiento del XX y entenderían y disfrutarían prácticamente lo mismo en lo que tiene que ver con el “arte”: nada.
Eso no quita que haya obras, sobre todo y casi únicamente en el caso de la música, que puedan arrebolar y llevarse al espectador al cielo a pesar de que no tenga ni idea. Pero eso es otro asunto, y aquí tendríamos que discutir acerca de la gran compañera de viaje de los usuarios del metro: la prisa.
Estamos hablando de lo mismo
. Lo de “arte” lo puse entre comillas por eso mismo que tú dices, porque lleva todo lo del teatro, lo rimbombante y todo eso incluído. Pero estoy seguro de que esa persona que va al teatro antiguo y bonito, nada más por el sitio, y aunque no tenga ni idea de música, acaba saliendo maravillado, aunque ese día se hayan equivocado 40 veces los músicos y desafinasen como antes haya desafinado ningún músico aprendiz. Esa persona no se daría cuenta de nada, y saldría con la sensación de que bonito es el “arte” y qué bonito es todo. A esa persona le digo que se deje de hipocresías queriendo parecer un “culturita”, que el hecho de que luego tenga a David Bisbal escondido en el mp3 no es malo en sí si le hace feliz. Que cada uno haga lo que quiera siguiendo su propio camino. Fin.
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Gran entrada, refleja una idea que está muy extendida en esta sociedad, más de lo que pensamos quizás: la preocupación por el continente más que por el contenido. Nos importa más el aspecto de lo que rodea a la buena música, que la buena música o los buenos intérpretes en sí.
En mi opinión, es uno de los problemas de esta sociedad acostumbrada a la vorágine publicitaria. Si no nos entra por los ojos el aspecto externo, difícilmente llegamos al interior de las cosas.
Gracias por hacernos “detenernos” un minuto en el ciberespacio.
Un abrazo, SinFuturos! Espero ir al FuniMedia
[...] que no todo está perdido. Hace cuatro días, aunque estaba muy cerrada en mis pensamientos, hice algo que escribió mi compañero Cerote, fijarme en los detalles. Ví que en la parada del autobús había un cartel que anunciaba la [...]
[...] Deténte. Admira las cosas que pasan desapercibidas (Sin Futuro Y Sin Un Duro) [...]