Por Alba Cuadra.
Tras unos meses en Bali me embarqué en una nueva aventura en Indonesia. Cuando alguien viene a visitarte te refresca todas las diferencias culturales que existen entre un pais asiático y Europa, y que yo ya había asumido en mi día día.
Esta isla te sorprende con su gente y sus quehaceres: las ofrendas tres veces al día en la puerta de casa, negocios, coches y motos, las ceremonias en los templos, el regateo contínuo por evitar un precio cuatro veces mayor por ser “bule” -como ellos denominan a los extranjeros-, el arroz como base para desayunar, comer y cenar, el ambiente distendido sin prisas ni estreses y la locura de esquivar motos camiones y autobuses a la hora de conducir. Pero pasados unos meses me siento sumergida en la vida balinesa y me parece lo mas normal darle los buenos dias a la abuelita de mi familia adoptiva, rendirle cuentas a la mamá de la casa acerca de dónde he estado, qué voy a comer o dónde voy a esas horas de la noche.
Con mi visita española me salí de mi rutina y nos fuimos con la Lonely Planet bajo el brazo a Sumatra, una isla diez veces más grande que Bali. Tan grande como diferente, sin salir del país, de isla a isla puedes apreciar detalles que caracterizan a su gente y les dan un toque particular. Fuera de Bali no te encuentras tantos turistas y, aunque haya sitios mas turisticos que otros, los lugareños siempre se sorprenden al verte y demuestran su curiosidad e interés.

Aterrizamos en Padang, una de las principales ciudades de esta isla y para darnos la bienvenida y que nos sintiéramos como en casa, el taxista del aeropuerto nos deleitó, por españolas, con un dvd de regeatón. Tras buscar hotel salimos a dar una vuelta por el paseo maritimo, embadurnadas hasta las orejas de repelente antimosquitos para evitar la malaria y todas esas enfermedades que nos acechan tras las dos alas y la trompeta del insecto en cuestión.

El paseo causó tanta impresión en nosotras como en los locales de la zona: llena de
“warung” -chiringuitos para nosotros-, frecuentados por familias dispuestas a beberse un zumo o cenar un pescaito, todas las motos nos pitaban y saludaban al pasar, todas las cabezas se giraban para ver quiénes eran esas dos chicas tan extrañas. Nos sentamos a cenar y en medio minuto nos vimos rodeadas de ocho niños que habían parado el coche solo para sentarse con nosotras y mirarnos un poquito más de cerca. Es una sensacion muy extraña, estar en un lugar tan diferente a todo lo conocido y que, de repente, seas tú el centro de atención.
La Lonely nos advertía del acoso de ciertos locales a las mujeres extranjeras, dato que comprobamos cuando el chico del hotel que nos sirvió el desayuno nos preguntó en medio minuto si teníamos novio e intenciones de matrimonio; fue la pregunta más habitual en las doce horas que estuvimos en Padang: “Hola, ¿cómo te llamas?, ¿tienes novio?, ¿me das tu número de telefono?”

Aunque de esta situación nos beneficiamos, todo hay que decirlo, cuando nos quedamos sin billete en un tren y, tras seis horas en el suelo del vagón, tuvimos asientos libres gracias al revisor que le propuso el revisor matrimonio a mi amiga y en cuanto hubo asientos libres nos recolocó hasta nuestro destino.
Continuará…
Otras entradas de Alba Cuadra:
*.- Una becaria en Bali. Mis compañeros de viaje: la cámara y un buen libro.





19/08/09 at 10:01
[...] Viene de aquí. [...]
27/08/09 at 20:10
[...] *.- Una becaria en Bali. Sumatra y Java: “you never try, you never know” (I). [...]