Odio los lunes: algunas reflexiones sobre el cortometraje en España


ALGUNOS PROBLEMAS DEL CORTOMETRAJE ESPAÑOL

  • CONCEPCIÓN

Hagamos un breve repaso por algunos de los problemas más importantes a los que tiene que enfrentarse el mercado del cortometraje en España, que se derivan básicamente de cómo ha ido evolucionando su concepción a lo largo de los años. Antes de comentar, creo que habría que recalcar que algunos -o muchos- de los problemas que vamos a comentar a continuación son también extensibles, en general, a buena parte del sector audiovisual no sólo español sino también europeo. Dicho esto, pasemos a comentar algunos de ellos.

La primera serie de problemas en la que nos centraremos tiene mucho que ver con la concepción del cortometraje como producto audiovisual, y a su vez con el hecho de que, como sabemos, todo producto audiovisual es hijo de la cultura bajo la que nace y, por tanto, tiene el carácter de bien de experiencia. Recordemos que el hecho de ser un bien de experiencia implica que cuanto más se consume cierto tipo de producto, más se van entendiendo los códigos usados en la composición del mensaje, y por lo tanto se adquiere también mayor capacidad de apreciar el producto. Este mismo carácter ha jugado invariablemente en contra del cortometraje; a pesar de que en prácticamente ningún momento de la Historia del Cine gozó de enorme popularidad, su situación ha empeorado desde que la proyección de cortometrajes desapareció de forma definitiva de las salas de cine. Esta drástica reducción de la cuota de pantalla, unido al hecho de que en televisión nunca fue un formato popular, ha obligado en las últimas décadas al cortometraje a recurrir invariablemente a nuevas formas de distribución y exhibición, como internet; como veremos, esto también condiciona de forma importante qué tipo de público recibe el mensaje y cómo lo hace. Y como ya sabemos, los hábitos de consumo varían por franjas y pueden llegar a condicionar el mensaje.

Otro gran problema viene dado por la concepción y la valoración que sufre el sector por parte de los propios integrantes del mismo y también por el público. Es común encontrar en el sector del cortometraje en España gente que lo considera, básicamente, un pilar de apoyo para la emergente carrera de un director novel, por ejemplo. Algo así como una stepping stone, por usar el término inglés. Son muy numerosos los casos, tanto de realizadores como de actores, que trabajan en cortometrajes para comenzar a despegar y luego abandonan el género casi por completo, o del todo; podríamos poner al realizador Nacho Vigalondo como uno de los casos más recientes. Por el contrario, cuesta mucho encontrar personas que hayan trabajo toda su carrera profesional en el cortometraje; quitando algunos casos reseñables, como el de Antonio Dechent, quizá no pudiéramos nombrar muchos más. Así pues, cierta desarticulación del sector que parece endémica podría explicarse por el hecho de que no hay mucha gente preocupada por el sector como conjunto, sino que más bien el interés es el de explotar en lo posible el género hasta que salga la oportunidad de moverse hacia otro sitio donde haya mejores perspectivas.

El último problema de concepción que comentaremos aquí tiene que ver con cierta noción que tiene el público del cortometraje como un género especialmente proclive a los productos minoritarios o de autor. Esto es, en muchos casos, cierto, porque el formato del cortometraje permite experimentar con nuevas formas estéticas o narrativas sin concebir un producto especialmente complejo en cuanto a desarrollo temporal. Además, el cortometraje también es el género preferido por mucha de la animación más, digamos, avant-garde de los últimos años. Este hecho, unido a lo complicado que es a veces llegar a este tipo de productos por los problemas de distribución y de promoción derivados de su desarticulación y su poca concepción industrial, genera en muchos sectores del público desinterés por el cortometraje, cuando no directamente rechazo. Es evidente, en todo caso, que el cortometraje también puede ser un formato que genere productos que agraden al público general y puedan ser incluidos en un modelo industrial (por ejemplo, la Trilogía Sevillana de Alfonso Sánchez y su productora Mundoficción).

  • ECONÓMICOS

Quizá el problema económico más grande del que podamos hablar haciendo referencia al cortometraje sea el de que en la inmensa mayoría de los casos se produce un círculo vicioso de subinversión. Este problema, por cierto, aqueja también a la inmensa mayoría de la producción española de largometrajes y de productos para televisión. Este círculo vicioso nace siempre de las expectativas de los productores. Las expectativas nacen de la poca cuota de pantalla que tiene el cortometraje de la que ya hemos hablado anteriormente; por esto mismo, no se esperan grandes beneficios de la producción de un cortometraje. Como no se esperan grandes beneficios, no se realiza una inversión importante en producción. En la inmensa mayoría de las casos, esta falta de inversión lo que consigue es crear productos que tienen poca calidad, que por esta misma falta de calidad no consiguen atraer al público y no generan beneficios. Así, las expectativas se cumplen en una especie de promesa de auto-cumplimiento, y el círculo vicioso se perpetúa ad infinitum. Por tanto, sólo algunos productos que saben contrarrestar la falta de inversión con ideas originales o guiones excepcionalmente buenos (como el de Una Trilogía Sevillana mencionada anteriormente) consiguen sobrevivir a este círculo vicioso de subinversión.

A esto se une otro importante problema. Gran parte de los cortometrajes que se producen en España que cuentan con un presupuesto real son financiados prácticamente al 100% con subvenciones. No hablaremos aquí de aquellos que se ruedan prácticamente a coste cero o con lo que se conoce como métodos de guerrilla de rodar. Por tanto, más allá de los que no tienen un coste reseñable, aquellos cortometrajes que sí lo tienen rara vez requieren una inversión extra importante más allá del dinero que se recibe por subvenciones. Esto juega a la vez a favor y en contra del formato: permite mantenerlo vivo cuando nadie quiere invertir en él, pero a la vez también hace que el sector nunca tenga que articularse industrialmente de forma seria para poder subsistir, y esto juega siempre en su contra a la hora de llegar a mayor cantidad de público.

Finalmente, también habría que recordar que la inmensa mayoría de las ayudas y del entramado legal que llevan detrás (programas MEDIA, actuaciones nacionales, Ley de Televisión sin Fronteras, etc.) están especialmente centradas en el terreno del largometraje. El sector del cortometraje se beneficia solamente de algunas ayudas muy concretas a distribución, exhibición y promoción, y de un par de ayudas específicas y de poca importancia en el terreno de la producción.

  • EL MERCADO ACTUAL

Otro gran enemigo del género del cortometraje es la forma en que está articulado el sector del cine, que en los últimos años ha visto cómo la posición de absoluto dominio ya no la tienen las productoras ni las exhibidoras, sino las distribuidoras.

El sector, pues, está dominado por las majors estadounidenses y sus filiales, que por lo general no tienen interés en adquirir, distribuir y promocionar muchos productos del cine español. De hecho, el interés de estas empresas es trabajar con pocos productos que tengan la capacidad de ser rentables. En España, esto son aproximadamente unas cinco películas por año.

El negocio de las majors es uno de los más concentrados y tendientes al oligopolio. Pero esto no es sólo cosa de las distribuidoras: en el mundo del cine actual, también existe una alta concentración de películas, a pesar de que se producen y estrenan muchísimas. Por poner un ejemplo, en las carteleras españolas se estrenan unas diez películas por semana; sin embargo, al cabo del año, entre el 80% y el 90% de la recaudación total está concentrada en aproximadamente siete películas. Como puede entenderse por estos datos, es un mercado especialmente difícil para productos que no cuentan con la posibilidad de destinar una gran cantidad de presupuesto a distribución y exhibición y que, en muchos casos, no están producidos para satisfacer los grupos de una masa de público media.

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