Archivo mensual: noviembre 2010

La mejor opción para comprar abetos Naturales en Madrid estas Navidades


Como todos los años por estas fechas, los alumnos de ingeniería de montes venden abetos para pagarse el viaje de fin de carrera.

En Sin Futuro y Sin un Duro, como universitarios que somos, nos gusta promocionar este tipo de iniciativas y por eso queríamos animaros a comprar los abetos naturales que venden estos pobres desgraciados de montes, pensad que, como todos los estudiantes de ingeniería, tienen poca vida social y un viaje de fin de carrera para conocerse más allá de la biblioteca no les vendrá mal.

Fuera de bromas, creo que los precios que ofrecen son bastante bueno para ser abetos naturales y ofrecen transporte a domicilio gratis en Madrid, 5€ en la zona B1, 10€ en la zona B2, etc. porque pueden repartir abetos por toda España.

La venta la realizan en la propia facultad de montes, todos los días de 8:30 de la mañana a 9:30 de la noche, aunque también se puede comprar por teléfono o ebay como anuncian en el cartel.


Lo que es España

Los países extranjeros acosan a España por el altísimo déficit nacional. La noticia se está comentando únicamente en el plano económico, como es lógico, aunque mentiría si niego que este bullying de mercado de valores me recuerda más a una regañina de patio de colegio, entre compañeros de clase, acaso con las burlas y el señalar con el dedo típicos de los colegiales.

Los países extranjeros increpan a España, le apuntan con el dedo y se ríen. Le reprochan todo lo que ha hecho, la mayoría de ello malo, y se burlan de ella. La llaman impostora, farsante. Le ponen enfrente el peor de los espejos, el de la verdad dicha por boca ajena. Ahí están los vecinos que ven y dicen todas esas cosas que España misma no quiere (parece que ni siquiera puede) ver ni decirse a sí misma. De la calle vendrán y te meterán las cabras en el corral.

España es un país de mierda, y siempre lo ha sido. Que estemos en el siglo XXI y llevemos 25 años en la Unión Europea no quiere decir que hayamos dejado -o vayamos a dejar- de serlo. España ha sido siempre un país de zánganos y listos, de vividores y farsantes. Un país barroco, de pura fachada. Un país donde antes robaban los castellanos con el conque de los gitanos y ahora se sustituyen a los calós por rumanos -ya ni los refranes se respetan-.

Ya no nos acordamos de los años de la posguerra, de los trenes del exilio y la emigración, de Alemania, Suiza, Holanda. Hoy vemos una foto de los negritos de África jugando con una pelota hecha con un ovillo de harapos y decimos que qué lástima, pero ya no recordamos que hace no tanto rodaban estas pelotas por las calles de pueblos españoles que hoy están embellecidas por obras de -y gracias a- los fondos FEDER y con casas construidas con ese pan y agua eterno y esencial, casi divino, del PER.

Ya hemos olvidado todo esto que malvivimos hace apenas cuatro décadas mal contadas. Vaya por Dios -¡válgame San Vacío, una expresión religiosa!-, en España, patria madre de la memoria histórica cacareada a bombo y platillo. Memoria para según qué cosas, interesada como los españoles, a los que sólo les interesa lo que les interesa. Ya se sabe: de lo que me gusta me harto.

Así somos y así es España, un país de pobres hartos de pan. Unos tiesos, que decimos en el Sur. Nos hemos arrimado a los ricos y hemos visto que nos invitaban a sus banquetes, a su fiesta de democracia bien entendida. Nosotros, que siempre hemos tenido apenas para salir del paso diario, vimos el dinero europeo y nos volvimos locos. Renegamos de nuestra condición y entonces empezamos a derrochar, a poner bonita la casa, a mirar por encima al resto del mundo y a querer codearnos con los vecinos de la jet-set que luego reían nuestra ridícula pose de creernos lo que nunca hemos sido ni seremos.

Y ya se sabe que las vacas gordan al final siempre flaquean o mueren. Y hénos aquí, tiesos como siempre, pero con la desdicha del eterno pobre que de repente, sin saber cómo, fue rico y luego fue pobre, que ya se sabe que el primer paso es muy fácil pero el segundo es de morirse de asco. El tiempo nos ha puesto en nuestro sitio, y ahora, en vez de aceptar de una vez nuestro sino, todo es llorar y querer llevar de nuevo el tren de vida que no nos corresponde.

Pero ahora no están nuestros vecinos para seguir invitándonos al banquete. Nosotros somos como esos nuevos ricos que llegan al barrio como unos intrusos. Nos admitieron en un club cuyas reglas nos venían grandes y ahora que lo hemos puesto en peligro nos hemos dado cuenta -o quizá no- de que en este vecindario europeo no hay don Quijotes que nos ayuden a desfacer nuestro entuerto.

Sólo hay vecinos que ahora ya no son vecinos, sino extranjeros, que señalan con el dedo nuestra culpa y nuestras vergüenzas, nuestro afán por ser lo que nunca hemos sido, nuestro fracaso, nuestra miseria, mientras nos preguntan con cara de inquisición aquello que piensan todos y cada uno de los españoles: y ahora, ¿qué?


Las 17 mujeres fusiladas de Guillena

Jesús Rodríguez / Gregorio Verdugo

Guillena es un pueblo situado apenas a 20 kilómetros de Sevilla que en 1936 contaba con una población de 4.000 habitantes. Cuando se conoció la noticia de que el ejército rebelde se había sublevado contra la legalídad democrática de la República, la gente del pueblo formó un comité que se encargó de la recogida de armas por casas y cortijos, con la anuencia del brigada comandante de puesto de la Guardia Civil.

Establecieron guardias y vigilancia en los accesos al pueblo, llevaron en camionetas víveres y dinamitas a varias poblaciones cercanas e intentaron, sin éxito, volar un puente sobre el Guadalquivir en la localidad vecina de La Algaba.

A las ocho de la tarde del 26 de julio de aquel año, una columna mandada por Ramón de Carranza, que luego fue el primer alcalde franquista de la ciudad de Sevilla, tomó el pueblo y dejó nombrada una comisión gestora a cargo del Ayuntamiento que lo primero que hizo fue suspender a todos los empleados municipales, excepto el alguacil y el jardinero, y sustituir al secretario por otro nuevo.

Dos días más tarde llegó a Guillena una columna al mando del brigada de la Guardia Civil Juan Ruiz Calderón, que se encargó de poner en marcha las milicias junto a Antonio Belmonte, jefe de Falange, y comenzaron las detenciones y las batidas en las inmediaciones de los pueblos para iniciar la represión y persecución de los huidos y, además, evitar los asaltos que se venían dando en cortijos y fincas en busca de alimentos.

Comenzaron entonces las detenciones y los traslados de prisioneros a Sevilla para ser a los pocos días ejecutados. La gran mayoría de los detenidos se entregaron voluntariamente, engañados por los continuos señuelos de los represores y por las amenazas contra sus familiares.

En medio de esa brutal ola de represión que se desencadenó después, durante el otoño de 1937, 19 mujeres del pueblo fueron detenidas y posteriormente sacadas de la cárcel, paseadas públicamente con las cabezas rapadas y obligadas a asistir a misa. Pocos días después, trasladaron a 17 de ellas a la localidad cercana de Gerena, donde fueron asesinadas alrededor de las 10 de la mañana y arrojadas a una fosa común en el cementerio.

José Domínguez, que por entonces tenía ocho años y se encontraba jugando en un olivar cercano junto a sus amigos, le contó al profesor Leonardo Alanís Falante que durante la masacre las mujeres trataron de esconderse en los nichos excavados en la tierra y un sujeto apodado el Moña las cogía por los pelos y las ponía para que las mataran. Mientras ellas trataban de protegerse, sus verdugos disparaban sus fusiles desde la cancela del camposanto. Eran algo más de una docena, todos falangistas, salvo dos o tres guardias civiles. Una de las 17 mujeres presentaba un avanzado estado de gestación. La mayoría de ellas todavía permanecen inscritas en los registros civiles como personas vivas. La hija de una conservó para siempre la hoja del calendario que marcaba el día fatídico de aquel año en que asesinaron a su madre. Se puede decir que a partir de entonces su vida se convirtió en una prolongación inacabable de aquel noviembre trágico que se hizo eterno hasta el final de sus días.

Miguel Aguilera Garzón y Manuel Domínguez Postigo son, respectivamente, hijo y nieto de dos de aquellas mujeres. Hoy están luchando contra las adversidades para encontrar sus cuerpos y recuperarlos para honrar sus nombres y su memoria. Ésta es la historia que nos contaron.


El caballito pace en una tierra hueca

Caballito de extracción de petróleo / G. RIVAS

En 1963 el petróleo brotó hasta la superficie por vez primera en España. Era un charco de crudo en un patatal entre Ayoluengo y Sargentes de la Lora (Burgos), dos pueblos separados por un kilómetro escaso. Un año después, el seis de junio de 1964, esa mancha de oro negro se convirtió en un pozo de extracción, el número uno, que escupió 6000 litros de combustible. La alegría tomó el pueblo. Una luz cálida dibujaba el futuro de la comarca de Páramos, una tierra a 1031 metros sobre el nivel del mar, donde la vida es dura debido al frío intenso y al viento tenaz. La noticia corrió de boca en boca. Saltó desde los labios del millar de vecinos hasta caer en el paladar de todo el país. Y, desde ahí, la palabra sedujo a ingleses y americanos. Durante ese año, la carretera que asciende desde Sedano a Sargentes de la Lora se llenó de autoridades. En noviembre llegaron los Reyes y los periodistas del No-Do y la radio. El tono remilgado y pomposo de los medios del régimen franquista vendían el hallazgo con patriotismo. Incluso, en la Bolsa de Madrid, Campsa -dueña del 50% del negocio- suspendió su cotización para lograr más inversión por parte de sus accionistas. La curvas del camino hasta los campos de extracción, perfiladas por el río Rudrón, afluente del Ebro, vieron pasar a los americanos de AMOSPAIN, filial de Standard Oil y Texaco. Los mensajes desde la empresa eran optimismo puro, y la dictadura lo vendía como el paso hacia la independencia económica. En el pueblo les creyeron, y se fundaron tres bares más (ya había dos) para recibir a los visitantes. Hubo bautizo en inglés, porque una de las tabernas se llamaba “Snack Bar Brasserie”. También estaba “El Rey del Petróleo”. Además, hay un cartel a punto de borrarse que todavía indica la dirección al “Restaurante Javier”. La sensación de que las penurias iban a terminar también se transladó a los pueblos cercanos. Eran minúsculos núcleos en la carretera Nacional entre Burgos y Santander. Parecen sólo detalles del paisaje, y viven el mismo éxodo rural que hace cincuenta años pensaban regatear. Todavía se puede ver, en ese tramo, nada más entrar en Covanera, un hostal de tres pisos abandonado. Lleva cerrado desde siempre, más de cuarenta años. La prosperidad no duró mucho. Y ese edificio cerrado, que todavía conserva los cristales, las cortinas y el cartel de “Se vende”, es el sarcófago que recuerda a quien pasa por allí que las promesas sólo sirven cuando se materializan

Los vecinos de la Lora se convirtieron, mientras esperaban a que llegase la prosperidad, en analistas del mineral que había bajo sus zapatos. Y la charla en el pueblo parecía una reunión general de los países exportadores de petróleo. Las cifras bailaban del optimismo a la desilusión. En 460.000 héctareas (460.000 campos de fútbol) podría haber riqueza para muchas generaciones. 100 millones de barriles de crudo. O, quizá, sólo 40. La producción podría ser de 10.000 barriles diarios, o de 200. Quizá fuese un número humilde comparado con los 12 millones que sacó en 2009 Arabia Saudí cada día, pero en 1960 era un éxito si el país iba bien en sus entrañas. Ya habría tiempo de preocuparse del resto del mundo. Y por si ese peldaño se conquistaba, se planteó una idea obvia: manda el petróleo a los vizcaínos, que ellos sabran tratar con otras superpotencias. Por eso, se proyectó un oleoducto entre Burgos y Bilbao. Eran 150 kilómetros de tuberías hipotéticas, encima de un mapa, pero, a partir de ahí, Portsmouth ya tendría nombre de pueblo castellano. El futuro se medía en hectáreas, en barriles, en caballitos: las torres de extracción que pacen; y en dolares de los americanos. Pero apareció el arsénico. Un elemento químico que se sumó a la lista de tecnicismos ya cotidianos. Y que era mejor no pronunciar. Si aparecía mucho arsénico en el crudo, la extracción y el refinado serían más costosos porque desgasta más rápido las piezas. Y lo había.

El oro negro se evaporaba por culpa de un químico con nombre de bisabuelo. El arsénico es tan cruel que es capaz de presentarse en tres colores: el amarillo del oro, el negro del petróleo y el gris. El gris, un punto intermedio entre la alegría y la tristeza. El equilibrio calculado, incapaz de cambiarle la vida a un pueblo humilde de Burgos, la careta más frecuente del elemento. El sueño duró tres años. Se quebró la jarra de los deseos en 1966 cuando se fijó una cifra para que el yacimiento fuese rentable: un millón de toneladas de producción de crudo al año. No se llegó ni a la cuarta parte. La Lora volvió a ser un páramo hostil, que no interesaba. Se fueron los dolares y el wiskhy, que se llegó a beber “más que el vino”, como todavía recuerdan en el pueblo. En Sargentes, Ayoluengo y Valdeajos se plantaban patatas, de eso habían vivido antes. Y mientras el tubérculo germinaba, distintan empresas intentaron arar la tierra para más ‘caballitos’. Los americanos se quedaron, a través de la filial de Amospain -Chevron- hasta los 90. Entonces llegó Repsol. Durante doce años, la explotación se convirtió en un divertimento de la compañía española. Allí, entrenaban a sus técnicos. En 2002 la licencia pasó a Northern Petroleum. En 2006, a Ascent Resources. Y, después, a Leni Gas & Oil, el último nombre para que el pueblo aprenda inglés.

En primer plano, la torre de extracción. Al fondo, los campos eólicos / G. RIVAS

En el verano de 2010, el runrún mediático volvió a señalar a la Lora. British Petroleum (BP) había comprado en junio toda la producción de los próximos cinco años. Un bombazo. La sensación era como volver a 1963 y ver el petróleo escupido a presión desde el suelo. En cambio, en el único bar que queda abierto en el pueblo ‘El oro negro’, nadie apuesta sus ganancias en el mus por esta aventura. Un anciano que ha venido a jugar a las cartas con su mujer construye con sus palabras una teoría conspiratoria: “La compañía quiere salir en los periódicos para mejorar su mala imagen por el vertido en el Golfo de Méjico. Y lo han logrado, porque la cotización de la empresa en Wall Street ha subido un 31%”. En el páramo burgalés están atentos a lo que ocurre en Wall Street, aunque el paisano se equivocó, porque no fue en el parqué estadounidense, sino en el de Londres. Pero la charla entre cafés intenta destapar juegos políticos oscuros. La camarera se apunta. Recuerda que el espacio que ocupan los yacimientos es un parque natural, y que para hacer más catas necesitan un permiso especial. Por eso, las noticias que salen en los medios económicos son una manera de presionar al Gobierno. Puede ser un intento de volver a construir el mito del ‘oro negro’. La misma expresión que cuelga en el letrero del bar-gasolinera con mucha ironía, poque los surtidores que había antes, bajo la marquesina del local, ahora están sepultados con cemento.

Pero son sólo palabras, que recuperan las promesas del pasado con pena. Y no creen en ese futuro viscoso y denso. “Yo hasta que no vea que los pozos traen riqueza al pueblo, no me creo nada”, sentencia la dueña de la taberna. Porque, aunque las fábulas vuelven a caminar por la Lora, los esqueletos agonizantes de los caballitos arrastran su cabeza en un balancín cansino. Van a desfallecer en cualquier momento. La sombra que dibujan los 12 animales metálicos ni siquiera es capaz de honrar a los 53 compañeros que fueron en la manada. Tampoco se unieron sus pisadas al oleoducto vizcaíno, que iba a conectar otra vez Castilla con el mundo, como ya pasó con la lana en la Edad Media. Y la tubería se convirtió en un gusano muy apegado a su tierra, porque sólo desciende del páramo hasta una estación de servicio en Quintanilla Escalada, tras cruzar el Ebro, el único mar que el petróleo burgalés conoce. Es lógico que la historia terminase sin gigantes de la era industrial. La producción de barriles diarios disminuyó hasta los 150, en 46 años se han succionado 20 millones, y Leni Gas & Oil jura poder igualar ese número en una década. En Sargentes de la Lora, incluso, han dejado de preguntarse por el dinero, por los dolares, que les iban a solucionar la vida. En ‘El oro negro’ siguen las especulaciones sobre ese tema, pero nadie se exalta, como mucho, se lo toman con humor. El anciano que, acompañado por su mujer, se pasa por allí para jugar al mus, señala a un vecino que le da la espalda: “No nos hicimos ricos en la comarca, pero este que está detrás de mí siempre ha vivido como un coronel con el dinero del petróleo”. Uno con suerte, porque la explotación apenas dio trabajo a un par de habitantes, el resto de la plantilla (30 en los mejores años), venía cada día desde Burgos. Y tampoco llenó las arcas del Ayuntamiento, porque la compañía pagaba los impuestos en Madrid: toda la tierra era del Estado. El señor de la taberna, mientras paga el café, en euros, rememora por un instante los dolares que pasaron por su mano: “Todavía guardo alguno, aunque nunca nos dio de comer”. Se marcha sin jugar la partida, y la señora le sigue mientras suspira por “ese grupo de chicas que nos juntábamos los fines de semana para echar un mus, ya no queda nadie”. Los habitantes de Sargentes de la Lora, entre 1960 y 1970 los supuestos años de bonanza, se redujeron a la mitad: 807 a 457, en 2006 tenía 169 vecinos.

Quedan pocos lugareños que sigan mirando al suelo. Sólo se agachan un par de jóvenes para sembrar y cosechar girasoles. Es el cultivo subvencionado por el Gobierno, ni siquiera las patatas de los padres crecen ya. No hay odio, ni rabia en las palabras de José, un paisano que vuelve cada verano al pueblo de su mujer. Sólo se percibe el humor, la ironía, por recordar la felicidad de los años sesenta, y las promesas vacías. La misma ironía que cuelga del cartel del bar ‘El oro negro’, o del albergue rural ‘La inquietud’. La misma que traza un paisaje de chiste, en la cumbre de un páramo, a 1031 metros sobre el nivel del mar, donde los ‘caballitos’ pacen moribundos, y unos aerogeneradores gigantescos les vigilan como si fuesen pastores. El viento poderoso, constante y frío que raja el rostro, que complica los inviernos, es el que da la vida a la Lora. La ironía de esa visión es el camino del olvido de los vecinos. Los habitantes de la comarca han dejado de mirar al suelo, y prefieren el observatorio astrológico que han construido cerca de sus casas. Desde ahí, ven el futuro, una sábana de estrellas que se mueve con el aire de sus molinos de viento.


Padre mío, vente conmigo

Entrevista realizada junto a Jack Daniel’s.


El rey, según Público

El Golfo de visita por el Golfo. Así podría haber titulado también el diario Público el artículo en el que informa de la próxima visita del rey a Oriente Medio. El titular fue actualizado a los 20 minutos, pero el escarnio ya estaba hecho.

Pero a mí la vida privada del rey no me interesa. Me preocupo bastante más de lo que hace para representar a su pueblo. Me duele que se vaya de turismo a Kuwait y Emiratos Árabes con la que está cayendo, para ver la carrera de Fórmula 1 y salir en la foto si gana Fernando Alonso el Mundial. Todo con un buen homenaje mediante, a costa de despilfarrar el dinero del contribuyente, cómo no.

Me aterra que el jefe de Estado de una nación democrática y representante de mi país ante el mundo se vaya de parranda a dos estados donde no se respetan los Derechos Humanos. En los Emiratos Árabes Unidos no hay libertad de expresión ni de prensa. El 80% de su población (trabajadores  asiáticos inmigrantes) es tratada como escoria: no posee los pocos derechos que disfrutan los autóctonos. Lo primero que  hace el patrono cuando llegan a trabajar es retirarle su pasaporte, para que no puedan huir durante el tiempo que les dure el contrato. La tortura y la pena de muerte son prácticas habituales por parte de las autoridades, y el término justicia no aparece en su diccionario.

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Protesta saharaui en Sevilla

Unos cuarenta saharauis residentes en Sevilla se han concentrado esta mañana frente al Consulado de Marruecos en esta ciudad, situado en el Camino de los Descubrimientos de la Isla de la Cartuja.

Los manifestantes, que han gritado consignas contra el reino marroquí y a favor del Frente Polisario, se han reunido para clamar contra la toma y el desmantelamiento del campamento de El Aaiún que efectuó ayer la policía de Marruecos. Es la segunda protesta que acontece en Sevilla después de la que ayer se llevó a cabo en las puertas del Ayuntamiento.

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=MqirskOM-ug]

Según Mulay Lahsem, para el próximo sábado está programada una nueva protesta frente a la Embajada de Marruecos en Madrid.


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