Lo oí por primera vez hace poco más de un año. En ese momento regresé a mi infancia, al momento exacto en el que me burlaba de la música con la que mis padres disfrutaban: Ana Belén, Silvio Rodriguez, Mercedes Sosa…
Élera igual que los otros, sencillo, humilde, cantando por y para el pueblo. A veces no sabía si aquello era música o poesía. Hablaba con un tono calmado, demostrándo que las prisas de nuestra época no le habían afectado. Por lo general, este tipo de cantautores necesitan de tiempo y parsimonia para hacerse un hueco en el corazón de la gente.
De esta forma, la segunda vez que sonó por los altavoces alcancé a escuchar (además de a oir, que no es lo mismo) todo lo que tenía por ofrecerme. Y ahora creo que se merece un hueco en este blog periodístico además de en la estantería de cualquier nostálgico amante de la revolución de la palabra.
No sigas leyendo si esperas encontrar un artículo periodístico sobre los motivos, las fechas y los números del conflicto árabe-israelí. Para eso, acude aquí, aquí o aquí.
Me quito el disfraz de periodista, ése que en tantas ocasiones me da tanto asco, para quedarme desnuda ante los atroces hechos a los que me enfrento cada día delante del televisor. Atónita e increíblemente indiferente. Porque aunque critique a esos profesionales de la información, soy igual que ellos. Después del segundo plato viene el postre. Y si puedo, una siesta en el sofá.
El mundo entero recibe imágenes, palabras, letras, que tratan de hacer un pequeño esbozo de la masacre que se está sucediendo en Palestina. Y nos quejamos, pensamos cómo es posible, cómo esos hijos de puta, que una vez estuvieron del bando contrario, perseguidos, asediados, pueden ahora llevar a cabo un exterminio de este tamaño por tal de conseguir un puñado de tierras, un puñado de dinero. Nuestros gobiernos se limitarán a condenar los ataques. Los medios pondrán al mismo nivel lanzar una piedra que lanzar un misil. Pero mientras, en ESE lugar del mundo (y de ésto podéis estar seguros) a nadie le interesan las palabras caritativas y de apoyo. No les hacen falta. Lo que de verdad quieren es un maldito hecho feaciente con el que poder vendar la pierna amputada de la mujer que ahora está tirada en la esquina, en medio de la calle. Quieren material humanitario con el que dar de comer a las bocas temblorosas, acorraladas ante el miedo, que desearían más de una vez ingerir veneno en lugar de alimento para que cese la pesadilla. Quieren y necesitan que alguien importante, de una vez por todas, entienda a lo que se enfrentan, que dejen de jugar con sus vidas tratándolos como daños colaterales de un objetivo injusto.
Ya lo dije en mi blog personal. En estos días no paro de escuchar las palabras de un profesor que en tercero de carrera defendió la causa israelí. De verdad que si pudiera, mi regalo de reyes perfecto sería encontrarmelo frente por frente y, sin quitarle la vista de encima, pedirle que me explique cómo se puede tener el corazón y la sangre fría necesarias para no sentir compasión por el pueblo palestino. Y odio por Israel.
Bueno, a él y a todos los peces gordos que, una vez más, hacen que este mundo sea inhabitable.
Para finalizar el año, recupero un vídeo algo antiguo pero que se adecua a la situación:
Hoy he estado pensando en la calidad de los sistemas penitenciarios del estado español, todo a raíz de los últimos acontecimientos que han sucedido en mi entorno cercano. En primer lugar, la muerte de Iván Robaina, un chico de 19 años, universitario, que había salido una noche para tomarse algo con sus amigos, tal y como hacemos la mayoría de nosotros. En segundo lugar, una conversación que no pude evitar escuchar. Ayer, mientras estaba en una terraza, unas chicas analizaban las condiciones de vida de un preso amigo de una de ellas, que en la actualidad gozaba del tercer grado. Con un aire de indignación les contaba a las demás cómo no dejaban a los allí recluidos tener trato directo con los familiares o cómo tenían que compartir celda.
No hace más de un año, el marido de mi prima aprobó unas oposiciones para funcionario de prisiones. Hizo el curso preparatorio en la cárcel de Marbella, y aún recuerdo cómo, asombrado, nos contaba las características del recinto: biblioteca, piscina, gimnasio, sala de televisión… Soy consciente de que no todas las cárceles son iguales, no se puede generalizar. Al igual que no todos los presos cumplen la misma condena y son tratados de la misma forma. Pero lo que es cierto es que, para muchos de ellos, el ingreso en un centro penitenciario significa la salida de la vida en la calle, de tener que dormir bajo cajas de cartón o de tener que sufrir las vejaciones de cualquier grupo violento.
Pero el Estado también es el encargado, en numerosas ocasiones, de mantener a los Julián Muñoz que han jugado con el dinero de los contribuyentes o, en el peor de los casos, de alojar a los cuatro mocosos que le quitaron la vida a otra persona sólo por diversión. Y sin cargo de conciencia, sentencio que a estos últimos se les encierre de por vida en una celda donde sólo quepa una cama, para que vayan pudriéndose poco a poco y sintiendo como lo que les resta de años se limitará a ver unas rejas delante de sus caras. Las mismas caras que reían al ver a otra desencajada por la muerte.
Hace un momento, mientras ojeaba diversos portales de información, me he encontrado con un titular al que no he podido arrojar al olvido: ¿Por qué no me gusta Facebook?
Tal frase, compuesta de la forma más sencilla posible, refleja mi posición respecto a un fenómeno de moda de nuestro tiempo. El artículo, muy interesante, desenmascara un poco todo el fondo de esta red de amigos. Pero al margen de los intereses más oscuros que pueda entrañar, dejando a un lado los personajes conservadores y dueños del mundo que participan en su difusión (¿acaso hay algo que en lo que ellos no participen?), los efectos directos sobre la población de este tipo de webs me parece nocivos.
Por suerte, la moda en España llegó un poco tarde, y de la mano de Tuenti, la cual parece que hace más y mejores amigos que Facebook. Pero su popularidad se extendió como la pólvora. Si no tenías una cuenta aquí, estabas totalmente ajeno al mundo, dejabas de existir, o mejor dicho empezabas a existir como un nadie. Continuamente recibía invitaciones a mi correo personal y mis amigos me insistían una y otra vez en que me afiliara a su secta particular. Yo, obviamente, siempre me negué. ¿Qué extraña necesidad podría hacerme desear que todos vieran mis fotos personales? ¿Por qué querer compartir mi vida con auténticos desconocidos? ¿Por qué formar parte del corro de cotillas si siempre que mi abuela hacía lo mismo con sus vecinas (aunque asomada al patio de luces de su edificio) huía despavorida?
Y mientras tanto, mientras el resto de la humanidad se entretiene viendo al vecino del quinto borracho, aceptando un evento de macrobotellón, o dejándole un comentario a esa chica a la que ni saludan en la facultad, yo sigo escribiendo en mis blogs.
Además, estoy segura de que ni Silicon Valley, ni Coca Cola, ni Microsoft, ni Blockbuster lo utilizarán como arma para el desarrollo de sus intereses. Y así yo duermo tranquila.