La entrada que Pío Moa publicó sobre la homosexualidad hace casi un mes en su blog de Libertad Digital levantó bastante polvareda, pero unas cuántas líneas llevaban consigo algo de razón: el colorido y la provocación de las cabalgatas del Día del Orgullo Gay no representan a todo ese colectivo. Y a veces, puede incluso hacerle daño. La semana pasada yo defendía la existencia de ese día con el argumento de la exclusión y la discriminación que todavía viven muchos gays; el orgullo de ser algo y mostrarlo como arma para luchar contra dicha desigualdad y como armadura para los ataques externos. Como una llamada de atención: “¡Eh, estamos aquí, unidos, contentos y orgullosos de lo que somos! Y no pararemos de remover vuestros traseros acomodados y prejuiciosos hasta que no nos sintamos reconocidos de verdad.” Pero no todo el mundo lo ve así; no todo el mundo tiene por qué estar de acuerdo con ese acto de auto afirmación, ni todos los heteros, ni tampoco todos los gays. Pío Moa, por ejemplo, no lo estaba, y seguro que más de un homosexual tampoco.
Tal vez el problema sea que solo se habla realmente de la homosexualidad ese día festivo y con ese cliché, así, la gente que no conoce de cerca ese mundo, es con el que se acaba quedando; es uno de los problemas de los “días percha”. Pero no todo va a ser culpa de las religiones, de los medios, de la administración, de los intolerantes, de los cabezas cuadradas o de los ignorantes; parte de esa culpa puede que sea también del colectivo gay, que todavía no ha sabido sacudirse cierta caspa de encima y mostrar su realidad tal como es: tan dispar y complicada como la de cualquier otra persona, al que luego hay que añadirle el agravante de la desinformación y la discriminación. Pero partiend siempre de que, más allá de las dudas sobre sus gustos sexuales y los problemas que estos puedan traerle, al final, el homosexual tiene las mismas penas y alegrías, las mismas maldades y virtudes, los mismos obstáculos y aspiraciones que el hetero.
Hay cientos de asociaciones que se encargan de orientar y ayudar a personas homosexuales que se sienten perdidas, o discriminadas; personas cuya ignorancia sobre (o miedo hacia) el hecho de ser gay les ha llevado a frustrarse, a esconderse, a huir, o lo más terrible de todo, a cometer imprudencias que les han acabado costando la salud. Y siguen peleando por encontrarse a sí mismos y salir adelante; convendría que esos colectivos, esas asociaciones, intentaran llamar más la atención sobre esa “rutina”, colar más historias de ese tipo en los medios, pelearse un hueco (no es fácil, puede no vender) para enseñar el lado más individual y humano y realmente concienciar. Podría ser beneficioso enseñar, (quien quiera mostrarse, y quien no respetarlo, que ese es otro punto) lo “normal” y alejado de estereotipos que el homosexual suele ser.
¿Un replanteamiento de la celebración del Día del Orgullo? Desde las grandes capitales españolas, que viven esa polémica pero también aprovechan la publicidad y los beneficios que fiestas así de grandes pueden traerle, quizá sea complicado. Pero desde lugares más pequeños, o desde asociaciones más humildes y cercanas a la calle, podría ser una auténtica revolución darle un vuelco desde dentro a la imagen proyectada y que también reciben personas que no ven el griterío y el exceso de consignas y colores como una vía hacia la normalización. Que los que trabajan por lograr ese equilibrio, muestren la labor y el Orgullo por realizarla. ¿Podría funcionar?