No nos queda claro si la maestra le cortó la lengua a su alumno o si sólo lo amenazó con hacerlo. Al leer la noticia, nos damos cuenta que realmente no ocurrió ni una cosa, ni la otra.
El irresponsable del error ha demostrado cómo hacerse de la picha un lío, convirtiendo una noticia copyaste de sólo 18 líneas en el gazapo de la semana.
¿Qué culpa tenemos los andaluces de que Franco fuera un hijo de puta? Pues al parecer, toda. Y eso que la Junta de Andalucía se creó justo tras la muerte del dictador.
Mientras tanto, el estado español, único responsable subsidiario de la dictadura, se lava las manos eludiendo responsabilidades, con una Ley de Memoria Histórica necesaria, sí, pero que se antoja insuficiente y limosnera, además de haber llegado macabramente tarde. Ni siquiera ha servido para anular las sentencias franquistas y devolver así la dignidad de facto a aquellos que injustamente nos abandonaron.
Dicen que una imagen vale más que mil palabras. En este caso, además, constituye un manífico resumen de los 6 años que José Luis Rodríguez Zapatero lleva como presidente. Ya en su campaña electoral prometió un talante distinto y, al fin y al cabo, es lo único que ha ofrecido durante su legislatura. Al menos no nos engañó en eso.
Tras Mohamed VI, el próximo en lucir sonrisa profident ante las cámaras podría ser, por qué no, Peter Caruana. Así es como se resuelven los conflictos en España.
La información, desde sus inicios, ha estado al servicio de la élite. Podemos remontarnos a los inicios de la escritura, en la antigua Mesopotamia, o al Egipto de los faraones, y comprender así que siempre fue utilizada por el poder político-religioso para mantener controlada a la población. Aquel invento fue calificado como la primera revolución de la información.
Con la aparición de la imprenta de tipos móviles, Gutenberg propició, casi sin quererlo, la segunda revolución informativa. El descubrimiento se antojaba peligroso, pues podría traer la democracia cultural -relevante es, en este sentido, que el primer libro impreso fuese La Biblia, para que así cualquier persona que lo pretendiera pudiera tener todo el saber divino en su propia casa, sin necesidad de intermediarios-, con todo lo que ello conllevaba. Súbitamente, de nuevo el poder político-religioso se apropió del contenido de los documentos impresos, y censuró todo aquello que se salía de lo estipulado legalmente. Al menos ahora, el pueblo podía tener acceso a la cultura, así como la posibilidad de almacenarla, aunque hasta bien entrado el siglo XX no se consiguieran unos niveles de alfabetización dignos en España.
Actualmente, dicen que vivimos una tercera revolución, la de la era digital. Y llegó el más difícil todavía: Continuar leyendo
¿Paga el diario al portal web para no que no dé cabida a noticias críticas con Público?
Por todos es conocido el efecto Menéame. Un simple enlace, y súbitamente se disparan las visitas a una determinada web. También por todos es sabido que el portal impone una corriente de opinión, la de la mayoría, canalizada a través de los votos y comentarios, que ejerce su influencia sobre una minoría carente de actitud crítica.
Esto último es bien sabido por los propios medios de comunicación, que ven en las páginas de ese tipo una fenomenal fuente de visitas, con las que sacar una mayor tajada de los anunciantes y, de paso, una forma de ganar lectores entre un público generalmente joven. Da igual que ello se consiga a través de noticias-gancho ridículas e insulsas, escenas dignas de cualquier película de los hermanos Marx, que sirven para aborregar aún más a la población y hacerla más servil -¡si Horkheimer levantara la cabeza!-, como podemos ver aquí, aquí, aquí o aquí.
Si esa maquiavélica forma de actuar sobrepasa lo éticamente correcto, el que un diario como Público pague a cierto tipo de personas asesinos ideológicos a sueldo -¿moderadores de Menéame?-, para que destrocen noticias que consideran críticas -no se sabe a santo de qué- inasumibles, a base de votos negativos y comentarios que, si tercia, llegan a incluir injurias, calumnias y amenazas, constituye un verdadero atentado terrorista a los valores democráticos. Esos que tantas vidas, dicho sea de paso, han costado en este país.
Curioso. Al leer los comentarios vertidos por los lectores de Público en la noticia “Fachas en la intimidad”, me detengo en uno de ellos que me llama la atención por su sencillez, coherencia y rotundidad.
Y añadiría: Cada uno es libre de pensar como quiera, mientras no haga daño a nadie.
Lo más sorprendente, la deplorable puntuación que los lectores otorgan a tal convencimiento. Si no es la más baja de la historia, creo que poco le falta.
Independientemente de la idoneidad de mostrar una bandera franquista ante el público, tema que trata la noticia -no hace falta entrar a debatir este punto, por obvio-, me llama la atención que los lectores de un periódico, que según su línea editorial defiende los más altos valores, voten negativamente algo tan sensato.
Quizás, lo mejor sería imponer por ley cómo tenemos que pensar.
El Mundo y El País ¡qué periódicos tan diferentes! ¿verdad? pero para titular en deportes parece que tienen las mismas ideas, al menos en el periódico digital.
El País
El Mundo
Lo que dicen siempre en paperpapers. Una llamadita podría solucionar muchas cosas, aunque no sé si la comunicación entre El Mundo y El País es muy buena.