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Odio los lunes: una historia cualquiera

Disponíase el en otro tiempo celebrado escritor, tildado por algún entusiasta crítico como la esperanza en la poesía joven española, a dormir un rato. Eran las cinco y poco de la mañana, y el despertador del móvil marcaba impasible las nueve de la mañana como hora límite para el descanso. O el intento de. En todo caso, a nuestro escritorzuelo no le entusiasmaba mucho la idea de dormir más de lo necesario: de día hay demasiado ruido, demasiadas llamadas, demasiado emails; es de noche cuando uno aprovecha realmente el tiempo.

Tras un rato de lectura de Las crónicas del Sochantre de Álvaro Cunqueiro, el hombre estaba medio sopa; como para no. Anotó mentalmente la página 150 para el día siguiente y dejó el libro debajo de la almohada; la distancia entre la cama y la mesilla de noche se le hacía ahora insalvable. En éstas estaba, decidido a dormir, cuando empezó a pensar en el tiempo que llevaba sin escribir. No sabía cuánto era, pero era mucho, y desde luego más de lo deseable. Por esta misma razón, hacía tiempo, había dejado de fechar los poemas que escribía; así no sentía la tentación de ir a mirar la fecha del último para luego echarse las manos a la cabeza. El escritor, como seguía llamándose a sí mismo a pesar de que la duda le corroía diariamente, notaba su cabeza embotada. Como si hubiera estado demasiado tiempo bajo la presión de la nadería más absoluta, cosa que achacaba al exceso de privación intelectual, entiéndase leer libros y ver películas. Trató de recordar la última novela que había terminado de leer, hacía sólo un par de días: pudo recordar fácilmente el nombre del autor, Joseph Roth, pero durante un par de minutos no pudo recordar nada más. Nada. Ni título, ni trama, ni qué cosas le habían gustado o cuáles encontraba valiosas.

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Odio los lunes: algunas referencias bíblicas en The Wrestler (Darren Aronofsky, 2008)

Hay algunas referencias bíblicas en The Wrestler y una pequeña comparación entre la figura de Randy “The Ram” Robinson y la de Jesucristo.

Buena parte de la película gira alrededor de la idea del dolor como redención, aunque este dolor esté preparado de antemano y casi ensayado. Los combates están rodados con una precisión quirúrgica. En una ocasión Randy, “El Carnero” (o “El cordero”, si queremos que la traducción sirva a nuestros fines) habla con Cassidy sobre alguna de las heridas que ha ido acumulando en su cuerpo a lo largo de los años. Ella le dice: “Fue empujado por nuestras faltas y lacerado por nuestras injusticias. Nuestro castigo recayó sobre él”. “¿De dónde es eso?”, pregunta Randy. “La Pasión de Cristo. Tiene el pelo igual que tú. Deberías verla”, responde ella. Poco después volveremos a ver otra vez “desangrarse” al carnero, en una escena que mezcla la referencia bíblica con la crítica social velada hacia el mundo de la lucha profesional y la degradación social de la masa.

En el ring vuelve a haber una metáfora bíblica, que esta vez gira sobre el público. El mismo público que ovaciona a Randy al entrar, que le ha seguido durante años, y al que llaman ídolo –Dios-, es el mismo que luego jalea a sus ejecutores y hace un festín con su carne. Antes de la escena final, mientras trabaja en el Deli, un cliente parece reconocerle. Sin embargo, Randy niega serlo. Se niega a sí mismo. Tres veces. Y llora. Y vuelve a aparecer el tema del dolor como redención. Se corta un dedo como forma de autocastigo, y a la vez de liberación.

Pero sin embargo, la escena más cargada de connotaciones bíblicas –Aronofsky es judío- es la del combate final. En ella, vemos a un Randy Robinson completamente abandonado por todas aquellas personas que consideraba suyas, especialmente su hija Stephanie. La única que le acompaña, como sorpresa final, es una improvisada María Magdalena –Cassidy-, que llora porque sabe a lo que va a enfrentarse The Ram. Va a subir él la cruz para sacrificarse. Su contrincante, Ayatollah, repitiendo el mismo combate de 20 años atrás, hace de Simón Cirineo en este camino. Le ayuda a cargar la cruz; se deja ganar. Le anima, le dice que lo deje, que se vaya a casa. Pero Randy está decidido a entregarse, a ofrecerse como sacrificio al público. Y Randy sabe lo que quiere el público: un último Ram Jam. Se pone de pie sobre las cuerdas, pone los brazos en cruz y da un salto hacia no sabemos dónde. Pero quizá aquí no haya redención posible, ni del público, ni de Randy, ni del espectador, y en el fondo tal vez acabemos sintiendo esto como un acto egoísta. Especialmente por María Magdalena. Es imposible no enamorarse de Marisa Tomei. Ustedes me disculparán.


Odio los lunes: de los speak-easy al gangsta rap (I)

Aviso preliminar: en este artículo voy a hablar de la comunidad negra, de su evolución a lo largo de la historia reciente de los Estados Unidos, de la música rap, y en general de la idiosincrasia americana. Si eres antiyanki, tienes una bonita y gran X roja arriba a la derecha. Gracias.

Muchas veces a lo largo de mis años como oyente de música negra he tenido que oír bastantes opiniones de tasca de abuelos sobre esta música; que si música comercial, que si prefabricada, que si hecha para ganar dinero. Que si misoginia, que si vacilar, que si putas, que si dinero y que si coches y ropa. Es la misma gente a la que le encanta etiquetar cosas según su propio criterio. La misma a la que, según el grupo o solista le parezca de valor o no, calificará el estilo como “soul” o como “r&b”.

Pero, en el fondo, los que despotrican de la música rap actual y se lanzan enfervorecidos a los brazos del jazz de Bird o del blues de Lightnin’ Hopkins como si en ello les fuera la vida no han entendido nada. No sólo no han entendido nada en lo genuinamente musical, sino que tampoco han entendido cómo ha funcionado el siglo XX en relación a estos músicos en este sentido. Pero vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador, jaja, me parto.

Aunque la primera grabación de blues tal como la conocemos hoy data de 1912 -aunque si escarbamos podríamos encontrar los orígenes antes-, podríamos decir que empieza a surgir como género a partir de los años 20. El lugar ya lo conocen: New Orleans y alrededores, lo que algunos llaman el sur profundo y otros directamente la América profunda. Si ustedes me permiten decirlo, no era el mejor sitio para llevar una vida pacífica y sin complicaciones. En 1920, mientras crecía Robert Johnson, al country y al blues los llamaban race music, se promulgó una de las leyes que, en mi opinión, más ha marcado la idiosincrasia y el lifestyle americano desde entonces: la Ley Seca.

América es, o se autodenomina, como todos hemos oído y algunos usan como término despreciativo, “el país de las libertades”. Por eso, a mucha gente no le hizo gracia esta enmienda a la Constitución estadounidense. Todos los aficionados a la Historia de EEUU saben cuál fue la consecuencia –lógica, por otra parte- de esta ley. Un aumento exponencial del tráfico de booze, un incremento enorme del poder de las bandas mafiosas, y el surgimiento de figuras como la de Al Capone, aún hoy considerado una especie de héroe por mucha gente -¿Michael Cornelone someone?-.

El país entero se llenó de policías patrullando calles y de bares clandestinos ubicados incluso a la espalda de mercerías o tiendas de juguetes. Estos bares eran llamados speakeasy, y están muy bien retratados en muchas películas de cine negro de las décadas de los 40 y 50. Ésta fue la época del auge del blues, y del nacimiento del bop y del hard bop y del jazz de las big bands y el comienzo de la cultura del club –no confundir con la actual- con actuaciones de cabaret y cantantes que enseñaban carne por encima de la pantorrilla. Y ésta, seamos sinceros, fue la salida de la calle y del barro para muchos negros de la época: la música. Muchos incluso se hicieron ricos y famosos, aunque el prejuicio racial contra ellos tardaría mucho más en desaparecer. Aquí es donde se cae el primer mito de los jazzeros de pacotilla, cuando entienden que no es que el jazz fuera desde su nacimiento un género lleno de clase y glamour, sino que vestían a los negros con traje y corbata o pajarita para dar una imagen medio decente delante de la burguesía neoyorkina (o de donde fuese). Que se lo pregunten a Herbie Hancock, o a Miles Davis.  En la película Bird, de Clint Eastwood, o en Round about midnight, este fenómeno está muy bien retratado. Pero aun así, eso fue lo que les sacó de la calle. Y lo que les mantendría ganando dinero, y sobreviviendo, más bien que mal en la mayoría de los casos, desde los años 20, desde el derogamiento de la Ley Seca en 1933, hasta hoy –y mañana-. Con salvedades, por supuesto, pero con nombres que se nos echan encima con letras gigantes, como la Motown.

Como apunte, podemos ya notar que hay cosas que no han cambiado desde el nacimiento del blues, su posterior transformación en rythm’n’blues, luego hacia el rockabilly y todo el enorme número de géneros que surgieron de ahí, hasta el r&b y el rap que surgen en los 80 y que se extienden hasta nuestros días. Los temas que se tratan, por ejemplo. Y no sólo eso, sino también la forma de tratarlo. Cualquier persona despierta y con un nivel decente de inglés encontrará que entre Mojo Hand de Lightnin’ Hopkins y muchas de las canciones actuales de rap que ellos consideran misóginas y despreciables no hay mucha diferencia. También está la postura del hombre dominante en canciones como Leave my Little girl alone (que por cierto, no deja de ser una canción enamorada hasta el fondo). Y también está el sentimiento de arraigo a la tierra: no en vano muchas de las primeras canciones de este género tienen nombres como “Memphis Blues”, o “Sweet Home Chicago“, por ejemplo, y de hecho el blues de algunas zonas es considerado casi como subgénero aparte. Como digo, esto se extenderá directamente hasta nuestros días, en un salto bastante curioso.

¿Y qué tiene que ver esto con el sueño americano? De hecho, ¿cuál es el sueño americano? Si algo nos demostró la ley seca es que, por una parte, a los americanos los recortes de libertades nunca les han sentado especialmente bien (cosa que se podría discutir actualmente por el apesebramiento social y el dominio de los medios de comunicación de masas, pero ése es otro tema). Y, por otra, también demuestra que a los americanos, como a la gente de cualquier parte, les gusta ganar dinero. Pero, a diferencia de los españoles, la mayoría de americanos quieren ser empresarios, no funcionarios. Y si ser empresario durante la ley seca era traficar con whisky o destilar ginebra en la bañera de un piso en ruinas alquilado a las afueras de Georgia, so be it. Y también demuestra que, ya desde comienzos del Siglo XX, la vía de escape de los suburbios y de la pobreza hacia una vida mejor -¿acaso no es ése el sueño americano?- de una parte de la comunidad negra estuvo relacionada de una forma u otra con este fenómeno y, sobre todo, con la música. Como veremos, este mismo patrón se repetirá de una forma u otra cuando nos acerquemos a fechas más actuales. Pero eso será la semana que viene.


Odio los lunes: el autor en el cine de los estudios (II). Consideraciones finales.

(Viene de este artículo, publicado el lunes pasado)

Esto nos hace preguntarnos, como se han preguntado los magnates de Hollywood desde siempre, qué es lo que necesita una película para triunfar. O un realizador, o un guionista. Por qué lo que hace un año funcionaba deja de hacerlo. Si es imprescindible contar con el star system para triunfar. Si cuando un realizador encuentra un género en el cual funciona bien deberían estarle vetados el resto, no vaya a ser que.

Para esto, desde luego, no hay respuesta. Pero, después de haber hecho este brevísimo repaso por la obra de Wilder, no me gustaría acabar este texto sin hacer algunas consideraciones personales sobre las nociones de autor, de género y de estudio, tan presentes y decisivas para el cine de la época.

En mi opinión, en el cine clásico pueden reconocerse varias tipologías de autores. Por ejemplo, creo que, de nuevo por influencia de los cahieristas, que por cierto tardaron muchos muchos años en querer colocar a Wilder a la altura de los –para ellos- grandes realizadores, desde nuestra perspectiva nos resulta bastante más fácil identificar la figura del autor con la del guionista. De hecho, se valoraba mucho en la época, por su rareza, y se valora hoy, por la valentía y la trascendencia, que un realizador escribiera sus propias películas (recordemos el férreo sistema de producción del cine de la época). Lubitsch fue de los primeros grandes de los estudios –por no retrotraernos hasta los tiempos de Griffith, o a las primeras obras de Cecil B. DeMille o Erich Von Stroheim-, y en esta época continúan no sólo Wilder, sino también otros grandes de la época como Mankiewicz, en una estela que encuentra su culminación en el genio de Orson Welles, capaz de renovar por completo una forma de hacer cine –Ciudadano Kane- y a la vez de, prácticamente, dilapidar un género –Sed de mal, que finiquita el cine negro allá por 1958-.

Sin embargo, no sólo de guiones vive el cine. Y en cine clásico americano podemos encontrar grandes realizadores que, sin necesidad de escribir sus propios guiones, supieron dotar a sus obras de personalidad propia, y se han ganado no ya un nombre en la Historia del Cine, sino hasta un altar si hace falta. Sus nombres muchas veces aparecen diluidos por considerarse durante mucho tiempo indignos. Como se consideró durante un tiempo a Buero Vallejo en la literatura española: indigno, por haberse rendido, por haberse resignado. Por haber claudicado ante las imposiciones de contenido y tono del sistema de los estudios. Gracias a Dios, el tiempo está devolviéndolos a su lugar. No hablo ya sólo de autores que, a pesar de todo, fueron reconocidos en su tiempo, como Walsh, Elia KazanKing Vidor o . También otros que fueron menos reconocidos durante mucho tiempo –Mamoulian, Compton Bennett, o Tay Garnett, por poner algunos ejemplos-.

Desde luego, esto también podría llevarnos a hablar de la importancia del género y del estudio. Como todos sabemos, hubo estudios que, ya desde su fundación, se especializaron en ciertos géneros, como la MGM con el musical o la Universal con el cine de terror. Otros, como el western, se hicieron enormemente populares y fueron cultivados prácticamente por todos los estudios. Sin embargo, también sabemos que el género no es más que un contenedor, un pacto comunicativo entre emisor y receptor, unas reglas del juego que todos aceptamos a la hora de sentarnos frente a una película. Y con estas reglas, podemos jugar a muchos juegos diferentes, y podemos contar casi infinitas –o sin el casi- historias. A pesar de ello, es innegable que hubo ciertos autores que, dentro de un estudio y de un género, funcionaron muy bien, y que fuera de ellos no cosecharon grandes éxitos. Algunos ejemplos: Irving Pichel o Curtis Bernhardt. También aquí podríamos aquí volver a mencionar a Preminger, que realizó obras maestras dentro del género negro y de suspense: Laura, Cara de Ángel, Ángel o diablo o Anatomía de un asesinato. Incluso podríamos establecer una línea que llegara hasta Sidney Lumet.

En todo caso, y como apunte final, la idea que quiero explicitar es que esa férrea imposición de la que se habla una y otra vez en el sistema de los estudios tal vez sirvieron de directrices creativas y estilísticas, renovadas año tras año con los estudios de audiencia, que empujaron a muchos directores que tal vez sin ellas no hubieran sido tan grandes. No es necesario recordar que una de las grandes de la Historia del Cine, Casablanca, fue realizada por Michael Curtiz, uno de esos directores teóricamente alienados por la industria al que ya no se le esperaba. Y, en todo caso, la Historia del Cine nos ha demostrado una y otra vez que, como en el resto de la Historia del Arte, el talento y la creatividad se abren paso solos a pesar de todas las trabas que se les quieran poner.

Los ejemplos son muchos. Por esas reglas limitadoras pasaron muchos de los más grandes del cine, y a pesar de ello consiguieron contar lo que querían contar, y lo contaron como quisieron contarlo, e hicieron obras maestras a las que, como se dice de Rebelión en la granja, no les sobra un punto ni una coma. Seguramente, ni siquiera hace falta mencionar sus nombres: Capra, Ray, Hawks, Ford… y también Billy Wilder. Claro.


Odio los lunes: el autor en el cine de los estudios (I)

La figura del autor en el cine de los estudios puede ser observada, contemplada y analizada desde diferentes puntos de vista. Recordemos, como acotación inicial, que centraremos esta breve observación en el cine realizado entre la temporada 1930-1931, la primera temporada completamente sonora, y el final de 1959, cuando se dicta la sentencia final contra Paramount, que obliga a la compañía a vender su sección exhibidora y da la puntilla al sistema de los estudios. Nos centraremos, también, en el cine producido en las ocho grandes: las cinco majors (Paramount, MGM, Fox, Warner y RKO) y las tres minors (United Artists, Universal y Columbia).

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William H. Hays, creador del código censor.

El cine americano de esta época no estaba sólo dominado en cierto sentido por prohibiciones –o más bien sugerencias- relacionadas con el contenido, y que tenían que ver con la existencia y aplicación del llamado código Hays; sino también por la férrea estructura de producción imperante en estas ocho grandes compañías, que eran a la vez productoras, distribuidoras y exhibidoras. Si queremos decirlo así, sin que esto implique ninguna connotación negativa, el cine de la época se producía, en cierto sentido, como dentro de una cadena de montaje. Cada persona tenía una labor concreta que realizar dentro de la película, con la mayor eficacia y en el menor tiempo posible, y nada más; prácticamente no había espacio –o eso suponían los cahieristas- para la pura creatividad, la individualidad y la creación estética.

Por eso sorprende al poco documentado y prejuicioso espectador encontrar figuras como la de Billy Wilder, que rubrican por méritos propios su nombre en el Olimpo de los grandes –e individuales- autores del Hollywood clásico. Recordemos, como breve apunte biográfico, que Wilder llega a Estados Unidos en un grupo de gente relacionada con el mundo del cine, no sólo realizadores, sino también fotógrafos e incluso músicos, de origen alemán y húngaro en su mayoría, y que vienen huyendo de la situación que se vivía en el momento en Alemania, que se volvía cada vez más peligrosa.

Es curioso comentar esto por varios motivos. El primero de ellos es que Wilder no fue el único realizador de los que vino en ese grupo que luego supo adaptarse de maravilla a los esquemas de producción de Hollywood y triunfó sabiendo satisfacer a aquel mercado; el caso de Otto Preminger es parecido, y luego volveremos sobre él. También resulta curioso porque el caso de estos dos autores no es, ni mucho menos, el único que se ha dado de integración de autores europeos –teóricamente mucho más artísticos, de nuevo según los cahieristas- en el cine de los estudios. Esta corriente de autores, que comienza con el genial Ernst Lubitsch –la mayor influencia en el cine de comedia de Wilder, por cierto-, se perpetúa hasta Hitchcock e incluso más allá, por no mencionar a los autores europeos que, a pesar de no mudarse a EEUU, cosechan allí un gran éxito de crítica y público.

Al igual que Otto Preminger, cuando Billy Wilder llega a Hollywood, lo primero que comienza a realizar es cine negro y/o de suspense. Pensemos, por ejemplo, en El mayor y la menor, o en Perdición, realizadas antes de 1945. Aunque luego Wilder se volcaría más en realización de grandes comedias –El Apartamento, Con faldas y a lo loco- y algunos melodramas –El crepúsculo de los dioses-, algunos de los temas clásicos del cine de este autor ya se apuntan en estas primeras películas. La dificultad de ser, la obscenidad como consecuencia del realismo, el malentendido que crea el pudor, el individualismo y, sobre todo, la moralidad patente en buena parte de su obra.

No podemos olvidar que Wilder es uno de esos raros –para la época- directores que, además de realizar sus películas, las escribe. Es éste un privilegio que no se daba muy a menudo a los realizadores, y que Wilder se ganó a pulso con el enorme éxito de crítica y público, sobre todo de sus comedias; es algo, también, que ya había conseguido Lubitsch para sí algunos años antes.

confaldasyalolocoTras esta primera etapa de cine negro de Wilder, comienza la edad dorada de su comedia. Una comedia que, para qué engañarnos, era difícil, en aquel momento, de encuadrar dentro del paradigma del cine clásico. La comedia de Wilder es menos absurda que la de Hawks, menos humana –o humanista- que la de Capra, y menos refinada que la de George Cukor. A pesar de ello, Wilder triunfa enormemente. Siempre he pensado, personalmente, que en cierto modo las películas de este director pueden verse –y disfrutarse- como de una buena película de animación para niños. Puede uno verla y disfrutarla, igual pero de forma diferente, según la edad y el estado anímico, porque la construcción y profundidad de sus guiones es tan perfecta que, según la circunstancia, uno se fija más en ciertas partes, o en ciertos modos, y disfruta más de ellos que del resto. Es una especie de construcción de guión a diferentes niveles, y se puede disfrutar igual en cualquiera de ellos. O en varios.

Como decía, desde el final de la II Guerra Mundial hasta, aproximadamente, mediados de los 60, Wilder realizará algunas de las películas más exitosas de su carrera: comedias, películas de enredos, e incluso melodramas tremendamente pesimistas. Recordemos algunos títulos: El crepúsculo de los dioses, La tentación vive arriba, Con faldas y a lo loco, o Irma la dulce. Aquí también comenzará el realizador el idilio no sólo con el público sino también con ciertos actores, que le acompañarán a lo largo de su carrera, como es el caso de Jack Lemmon. No cabe duda de que parte del éxito de algunas películas de Wilder no se basa sólo en la construcción de guión sino también en los actores. A veces por sus actuaciones –el dúo Tony Curtis-Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco- y a veces simplemente por figurar –caso de Marilyn Monroe, incapaz, según el propio director, de memorizar una línea de diálogo-. Continuará Wilder trabajando con actores de renombre durante el resto de su carrera. Algunos nombres: Humphrey Bogart y Audrey Hepburn en Sabrina, por ejemplo. O Gary Cooper y la propia Hepburn en Ariane.

Sin embargo, tras el fracaso de su película En bandeja de plata, el cine de Wilder se vuelve más oscuro y sombrío. De hecho, algunas de sus últimas películas jamás se proyectarían completas, como La vida privada de Sherlock Holmes.


Odio los lunes y el laicismo de mentira

(Aviso preliminar: este artículo es más largo que un misterio)

Vamos a hablar claro, para que nadie se lleve a error. El laicismo y ateísmo de mentira, que proclaman día sí y día también la perversidad de todo razonamiento de naturaleza religiosa y la necesidad de que la Iglesia se meta dentro de su propio culo, basan toda su argumentación en un error, que es, por cierto, común a muchos de los que ellos mismos califican como integristas católicos (habrase visto mayor estupidez). El error de concepto es el de confundir a la Iglesia, y al catolicismo en general, con la Jerarquía eclesiástica.

Este error, por lo demás común a lo largo de la historia del cristianismo, fue la razón por la que, en el siglo XVI, los protestantes y los católicos se estuvieron peleando un rato largo y al final se pelearon del todo en el Concilio de Trento. Mientras que los protestantes defendían la supremacía de Jesucristo y de la propia conciencia, los católicos de la época querían colocar por ahí al Papa y a la doctrina y a la jerarquía eclesial. Curiosamente, desde entonces y hasta hoy, el tiempo ha venido dando la razón progresivamente a los protestantes. Uno de los ejemplos recientes más claros son los textos del Concilio Vaticano II (1962-1965) que, lejos de ser estrictos o cerrados, proclaman multitud de posturas y enfoques válidos, manteniendo siempre por encima a la propia conciencia. Tan lejos ha ido la unión entre católicos y protestantes que, de hecho, en 1999 se firma una Declaración conjunta sobre la Doctrina de la justificación, en la que se proclama que la salvación depende, por encima de cualquier otra cosa, de la fe en Jesucristo.

Como podemos ver, el enfoque aquí no está en el Papa –sin restarle méritos ni importancia, por supuesto- ni en los obispos, sino en el cristiano de a pie, con sus problemas y sus dilemas morales diarios. Mientras tanto, la Jerarquía, los de la fumata, están normalmente preocupados por el devenir ideológico –stricto sensu- de la cristiandad en el tiempo presente, o por muchas otras cosas de tipo administrativo, como corresponde a una institución con tanta historia detrás de sí. Debido a esto y, sobre todo, a la necesidad de la prensa del siglo XX de generar noticias constantemente, de provocar cambio en todo, se ha querido dar a la Iglesia, y al catolicismo, una imagen de inmovilismo que, no se engañen, no se corresponde en absoluto con la realidad. Fundamentalistas, los llaman. Si resulta que ahora tener principios es ser fundamentalista, díganme dónde hay que apuntarse.

Por poner un ejemplo. ¿Cuántos de ustedes recuerdan la clasificación entre pecados mortales y veniales y la consideran aplicable? Pues bien, toda esa idea quedó completamente obsoleta en el Concilio Vaticano II, que promulgó un nuevo texto en el que se establece una enorme y compleja gradación de la levedad o gravedad de las faltas según antecedentes, conciencia del sujeto, etc. ¿Cuántos de ustedes creen realmente que la Iglesia sigue considerando pecado a la masturbación y cosas similares? Hace mucho tiempo que se guarda silencio sobre este tema, como con cosas que tienen que ver con la fornicación y otros muchos asuntos de índole sexual. ¿Quiénes están hablando hoy en día por boca de los curas sobre estos y otros asuntos? Sus detractores, sus ateos y sus ministras de cultura, que por supuesto saben tanto del tema como de pelar pajaritos. De hecho, un error común entre la gente de poca formación católica –o sea, el 80% de este país- tiende a pensar en la Iglesia como una especie de cosa piramidal, como los Estados absolutistas, en la que arriba está el Papa y abajo la masa de imberbes creyentes a los que se nos puede tomar por el pito del sereno. Pues bien, según el Código de Derecho Canónico de 1983, la Iglesia tiene una estructura, digamos, reticular: cada diócesis particular puede y debe ser considerada, en sí misma, una Iglesia Universal, en la que no falta ninguno de los elementos necesarios para lograr el cometido de la Iglesia: la salvación del hombre.

¿Y por qué todo este desaguisado eclesial con los jerarcas? Pues por pereza, seguramente. A pesar de los procesos de democratización, que no debemos confundir en ningún momento con relativización, que ha sufrido la Iglesia católica en la modernidad, hay un vicio, un pecado casi más intelectual que físico, que es el cáncer actual de buena parte del catolicismo: la pereza. Al proclamar la no infalibilidad de las encíclicas, de las predicaciones, de las palabras de los obispos, e incluso del Papa y de los Concilios –son humanos, ¿no tienen, pues, derecho a equivocarse?- el peso de la decisión recae sobre el hombre individual. Ya no hay un catecismo, unos diez mandamientos infalibles a los que poder acudir como a la tabla del siete y poder decir: esto es bueno. O esto es malo. Es la cruzada diaria del católico moderno la de enfrentarse, prácticamente solo, a ciertos dilemas morales.

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Odio los lunes: la prensa, el periodismo y el film noir

Hoy, más por estar aún flipando que por pereza, no voy a escribir un artículo de mi puño y Word, sino que voy a dejarles que lean, que disfruten con tranquilidad, de un artículo-estudio publicado por Víctor Arribas en la revista Nickelodeon en otoño del año 2000. Arribas, para los que no le conozcan, es actualmente presentador de informativos en Telemadrid, y una auténtica eminencia en lo que a cine clásico se refiere. En este extenso artículo que les muestro a continuación, el periodista y cinéfago reflexiona sobre las relaciones del cine clásico con el periodismo. Para los aficionados a una cosa y a la otra, que supongo que en este blog habrán de ser más de dos y de tres, es un texto para paladear con tranquilidad, para disfrutar, y para anotar e incluso llenar el eMule si es necesario. Disfruten.

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