Por Sergio Escalona.
Desde que la crisis estalló tengo un pensamiento que de vez en cuando me asalta y me produce cierto vértigo: esta ha sido la primera crisis de la que he sido realmente consciente.
Lo primero que pienso en consecuencia es que, efectivamente, ya soy un adulto porque sufro los rigores de la economía en varios frentes: tengo que pagar la hipoteca, debería de pedir un aumento de sueldo pero la coyuntura no acompaña, me veo obligado a comprar marcas blancas en el súper, a vigilar el gasto los fines de semana… Creo que todos intentamos llevarlo lo mejor posible, pero a veces, porque somos humanos, flaqueamos y vienen los cabreos.
Tengo treinta y pocos. Creo que pertenezco a una generación que va a quedar marcada por esta crisis por varias razones. Siempre pienso en mi abuela, y la urgencia que tiene de ver el frigorífico lleno. Al igual que la generación de nuestros abuelos no puede desprenderse de la presión psicológica que supuso la Guerra Civil y la Posguerra, a nosotros nos ha tocado reconstruir nuestro ideario desde las cenizas de un sistema económico basado en la mentira y la codicia. Esta puede ser la crisis de los emprendedores. Porque a pesar de ser mileuristas nos hicieron creer que podíamos lograrlo; que formábamos parte de los engranajes y de que había un sitio para nosotros en la cima. Sin embargo nunca dejaron de marcar el son, de dictar las reglas. A lo mejor el precio que deberá pagar esta sociedad es elevado, pues toda una generación ha visto truncadas sus expectativas y ahora nos da miedo dejarnos la piel para que el fruto de nuestro esfuerzo se lo quede el banco. Ahora ya conocemos el juego.
La primera fase en la comunicación por parte del gobierno de la crisis fue muy efectiva, quizá para evitar la revolución social (si es que todavía es posible). Todos éramos culpables del estallido de la burbuja inmobiliaria porque habíamos jugado a ser ricos cuando lo único que estábamos haciendo era hipotecarnos de por vida. Sin dejar de ser cierto, era una visión reduccionista del problema pues fueron las entidades financieras las que aprovecharon la coyuntura para ganar dinero como nunca. Y no sólo las entidades como entes abstractos; sus directivos crearon una estrategia vil y mezquina por la cual nos ataban la piedra al cuello a todos y a cambio ellos eran los que se hacían realmente multimillonarios gracias a las bonificaciones por objetivos. Cerdos. Deberían juzgarlos por crímenes contra la humanidad.
El principal problema a día de hoy es que esta crisis ha destruido el paradigma. A nivel macroeconómico ahora estamos viviendo en un limbo conceptual ya que las leyes primordiales de no intervención, de libre mercado… que definen al neoliberalismo han sido pisoteadas por los mismos que las defendían a capa y espada; porque sin la intervención política en la economía, el barco se hundía a una velocidad de infarto.
En resumen, los poderosos ganan y el que más se empeña en recordárnoslo es José Luis Rodríguez Zapatero con su política demagógica. Nos quiere hacer creer que se preocupa por el pueblo cuando las rentas más altas seguirán pagando el 1%, con la que está cayendo. Según el gobierno es para evitar la fuga de capitales. Aún así el ministro de Fomento tiene la sangre fría de decir por televisión que los que más tienen deben ayudar en tiempos difíciles a los más necesitados, cuando lo que realmente van a hacer es quitarnos los 400 euros de deducción por IRPF y, casi confirmado, subir el I.V.A. que a quién más afecta es a los más pobres y que además ralentiza la recuperación económica y seguirá lastrando el consumo familiar.
La desafección política es una consecuencia lógica, una mutación obligatoria pues seguir estimulando la mentira sería aún más perjudicial para un cerebro de españolito medio, como el mío.
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