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La dictadura de los medios de comunicación

“La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad. Es imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. Este es el hecho que tienes que aprender, Winston. Para ello se necesita un acto de autodestrucción, un esfuerzo de la voluntad. Tienes que humillarte si quieres volverte cuerdo”.

1984, de George Orwell.

Si sustituimos la palabra “Partido” por “medios de comunicación” y releemos el texto, nos daremos cuenta de que no estaba tan equivocado Orwell cuando predijo la dictadura que asolaría a la sociedad de finales del siglo XX, principios del XXI. Hoy día todo lo que sabemos y todo lo que no sabemos sobre el mundo se lo debemos exclusivamente a los medios. A veces, eso sí, tenemos que resignarnos ante lo mucho que desconocemos por informaciones sesgadas, parciales o manipuladas, o por la falta de cobertura de asuntos “que carecen de interés” para el Partido los propios medios. Es entonces cuando tienes que humillarte para no volverte loco a base de preguntas que jamás podremos responder por nosotros mismos.

Y es que, como diría O’Brien, “nada hay al margen del Partido”. Ni siquiera los blogueros, que viven -vivimos-, inmersos en redes sociales de grandes compañías comunicativas, y que basamos el 99% de nuestras propias entradas -que creemos al margen de los medios convencionales- hablando de lo que dice la propia prensa.

Pero da igual. Dedica tu vida a comprar, vivir y salir, para así ser tan feliz como la gente que aparece en los anuncios de la tele, y deja que otros digan por ti cuáles son los temas que deben interesarte y la forma en la que te la deben contar.


Hart Security, la compañía que prepara a mercenarios para hacer la guerra

Me empieza a cansar bastante la situación en la que vivimos. Siempre que hay un conflicto en el Tercer Mundo hay un interés por parte de un actor occidental, que siempre se enriquece a costa de los más pobres, aumentando el abismo económico existente en el planeta. Llámese Irak, Afganistán o Somalia, por una parte; o bien Shell, Estados Unidos o Ikea, por la otra. Y es que nunca falla. Ya estoy, como digo, bastante cansado. También ando algo decepcionado al comprobar que, definitivamente, el hombre es un lobo para el hombre, algo que se dijo hace ya mucho tiempo pero que nunca había querido creer del todo. Esta es la verdadera razón por la que siempre habrá injusticias y diferentes clases en el mundo, nos guste o no.

Y cómo no, la situación de Somalia, carente de soberanía, ha sido aprovechada por los de siempre. En este caso, los dedos apuntan a Londres. Y es que al parecer, según apunta la web de la Cadena Ser, “un informe de la inteligencia militar europea de la misión Atalanta alerta de que los piratas no escogen sus víctimas al azar. Y continúa, “aunque los piratas que perpetran los ataques son sólo simples ejecutores, dicen los informes, los jefes locales de las redes piratas están en permanente comunicación con sus asesores en Londres mediante teléfono satélite, y es precisamente en Londres, donde estos clanes piratas poseen una estructura de informadores bien situados que les permite elegir los objetivos antes de que sus lanchas se hagan a la mar”. Lo que viene a decir que no es casualidad que la mayoría de los ataques se realicen a barcos de países más débiles militarmente, entre los que se incluyen barcos españoles.

Otra de las afirmaciones recogidas en el informe es quelos piratas evitan atacar a los barcos de determinadas banderas. Así, se señala como especialmente evidente el caso de los barcos británicos, que a pesar de ser una de las marinas mercantes más numerosa en esa zona, apenas ha sufrido ataques en el último año.

Un artículo de Rafael Ramos, corresponsal en Londres de La Vanguardia, y titulado Bucaneros del siglo XXI (segunda parte) habla así de la trama con epicentro en la capital británica.

Londres, como capital del mayor imperio mercantil de la historia donde tienen su sede muchas compañías navieras y aseguradoras (entre ellas el gigante Lloyds), es el epicentro de todas las actividades que se realizan bajo cuerda desde que los piratas capturan un navío –ya sea el petrolero Sirius Star o el pesquero español Playa de Bakio- hasta el pago de la cantidad acordada como rescate, un proceso lento y complejo que por término medio lleva seis meses, mientras una parte y otra regatean como en un zoco árabe pero a través del ordenador y el teléfono.

Otra web, Redjusticiafiscal.org, se pregunta “por qué unos hechos producidos en el cuerno de Africa se resuelven mediante transferencias bancarias desde la ciudad londinense”, y relaciona la trama con la red internacional de blanqueo de capitales y paraísos fiscales.

Pero no sólo la prensa española habla en estos términos. Esta información concuerda con la ofrecida por el Daily Telegraph el 9 de mayo de 2009, en una noticia titulada “Piratas somalíes ayudados por los servicios de inteligencia londinenses” y por otra ofrecida por The Guardian correspondiente al 11 de mayo, titulada “Esto es Londres – la capital del servicio secreto de operaciones de los piratas somalíes”

Acotemos aún más las acusaciones. La empresa londinense Hart Security, especializada en entrenar a mercenarios para conflictos armados, tiene mucho que decir. Según diversas informaciones, esta compañía se encargó de preparar a los Guardacostas Voluntarios Nacionales, entrenados en un principio para mantener alejados del mar territorial somalí a los buitres occidentales deseosos de carroña y que, como era de esperar en uno de los países más pobres del mundo, pasaron a ser cazarrecompensas. La compañía cobró dinero para preparar a los voluntarios, y actualmente se lleva parte de lo que los piratas obtienen de sus secuestros, ya que también actúa como intermediaria con los diferentes gobiernos afectados. Según apunta Hernan Zin en su interesantísimo blog de 20 Minutos, la comisión ronda el medio millón de euros.

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Odio los lunes: el cine y las historias de detectives

Hoy voy a partir una lanza a favor del trabajo del artesano, de capital importancia para la historia del arte en general. Muchas veces se ha criticado al cine de género simplemente por ser de género, sin darse cuenta -hola, John Ford- de que bajo la apariencia más humilde y noble se puede contar la mejor de las historias. Por eso hoy parto mi lanza en dos frentes, en el cine y en la literatura, aunque en realidad se trate del mismo.

No es tan difícil dar por ahí con lo que yo llamo críticos de oídas. Les suena tal, o les suena cual, y por supuesto este director de Villaborrego de abajo es importantísimo para intentar trazar una cronología del nuevo realismo post-grunge straight from da block 97. Y la verdad es que en su puta vida han visto una película suya. Tampoco hace falta rebuscar tanto: 1984 es la novela que más gente dice que lee y no ha leído. ¿Cuánto intelectual gafapasta hablará semanalmente maravillas de Kubrick y ha visto sólo La naranja mecánica y con tal de saber qué es lo que pone en esa camiseta tan chuli que le regaló la Jessi?

Lo curioso es que llega un momento en que ese joven intelectualoide decide descalzarse y sentarse a ver películas. Y se sienta por primera vez delante de Casablanca, o de una novela de Dickens -los papeles de Pickwick, por ejemplo-, o de cualquier volumen de misterios de Sherlock Holmes. Y aquí es donde empiezan los problemas. A un crítico de oídas se le reconoce fácilmente. Son aquellos que no han aprendido que el prejuicio es sólo un requisito previo para poder elaborar un juicio según la experiencia propia. Al crítico de oídas le reconocerás porque hará como que no ha visto la evidencia con tal de quedarse anclado en su prejuicio, que le parece de mucha más validez intelectual. Así, por ejemplo, oirás hablar a uno de éstos de “la industria” y “la maquinaria de Hollywood” como algo que claramente anula el valor cinematográfico de Casablanca, y también del victorianismo y de la burguesía y de la literatura de género para intentar descalificar a Dickens y a Conan Doyle, respectivamente.

Por contra, los verás sentarse con pinta de interesantes -y un puro si se tercia- delante de cualquier película de Béla Tarr, Angelopoulos, Tarkovski o Kiarostami como si estuvieran contemplando la palabra divina. Embelesados ante esos planos secuencia de un cuarto de hora que, en dos horas y media de película, cuentan absolutamente lo mismo que “la maquinaria de Hollywood” habría contado en una. Ojo, no digo que esté mal que te guste Tarkovski o Kiarostami. El problema es el desprecio por autores -Ford, Wilder, Capra, Hawks, Preminger- que han elegido ser artesanos en lugar de miembros de Der Blaue Reiter. Digo estos autores por nombrar algunos: quizá la mayoría de críticos de oídas no se atrevieran a cargar contra ninguno de ellos, aunque fuera por vergüenza y dignidad moral (lo que no significa que no lleven emponzoñado cierto desprecio en su alma de críticos de oídas).

Tal vez podamos concederle a las novelas de Sherlock Holmes ser más un ejercicio de lógica, de racionalización y de astucia que de arte. Pero hay buena y mala literatura de género, como hay buen y malo cine de género, y que algo sea popular no significa que sea necesariamente malo. Es cierto que no todo el mundo va a disfrutar igual leyendo a Conan Doyle que a Proust, pero sí es cierto que preferirán a Conan Doyle frente a Richard Sterling (el seudónimo que me puse cuando intenté escribir una historia de detectives hará ya mucho tiempo). Lo que aprendió el cine es que cualquier mensaje de calado humano e intelectual profundo cabe en una historia más o menos sencilla -El apartamento, Vive como quieras- y que no es necesario un plano fijo de 12 minutos de una casa vacía para decir “la soledad” cuando puedes decir “la soledad” y que se entienda lo mismo.


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