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Protesta por la libertad del pueblo egipcio en Sevilla

Ayer a las siete de la tarde tuvo lugar una concentración ciudadana en la Plaza Nueva de Sevilla en apoyo al pueblo egipcio para pedir el restablecimiento de las libertades políticas y los derechos sociales en su país. Ante las puertas del Ayuntamiento se concentraron algo más de medio centenar de personas que secundaron el llamamiento de la delegación sevillana de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía y corearon consignas de apoyo a las manifestaciones que estos días se están sucediendo en Egipto.

Según esta Asociación, las sociedades árabes sublevadas están dando una formidable lección a Occidente y están rompiendo de una vez por todas el estereotipo inherente a la visión occidental y mostrándose como pueblos preocupados por el progreso social, ávidos de libertad y hartos de la corrupción de quienes gobiernan sus vidas.

Los asistentes denunciaron el vergonzoso silencio y la pasividad de occidente al dudar entre las aspiraciones de libertad y progresos de millones de personas y el complejo juego de intereses que los ha llevado a tolerar y mantener en el poder a los tiranos. Entre un compromiso al servicio de los valores universales, la defensa de las libertades públicas y los derechos humanos y los intereses y compromisos de las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, no cabe mirar para otro lado y debe prevaler siempre lo primero.

Por ello, además de mostrar su solidaridad y apoyo al pueblo egipcio, instaron a nuestras instituciones a apoyar decididamente el restablecimiento de la democracia y los derechos humanos en los países árabes.

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Dios está en la lluvia: el ideal de libertad en 1984 y V de Vendetta

Cuando se habla de 1984 de George Orwell y de la película V de Vendetta, normalmente se tiende a asociar ambas obras, y no sólo eso, sino que se establecen multitud de similitudes y paralelismos entre el desarrollo, el trasfondo, el mensaje y las ideas de cada una.

Sin embargo, como veremos en estas páginas, dichas obras no comparten más similitudes de forma y de planteamiento -de esto, incluso no tanto-, una fachada bajo la cual se presentan ideas y conclusiones muy diferentes.

Como decimos, aunque la puesta en escena es similar -una atmósfera política y social asfixiante, compuesta por un gobierno totalitario, con un líder y un partido únicos y absolutos, que controla la vida y el pensamiento de una población sumisa-, en el comienzo de cada obra se establece entre ambas una oposición fundamental que marcará el desarrollo de los argumentos y, por ende, el sentido y las ideas sobre las que se sustentas las obras.

Mientras que en 1984 vemos a Winston Smith, el protagonista, desconcertado no sólo ante el mundo que le ha tocado vivir y que no comprende -cuando mira por la ventana-, sino también ante el pasado que vivió y que ya no recuerda ni siquiera en lo más inmediato, la consigna inicial de V de Vendetta es la tradicional canción de la Bonfire Night anglosajona:

Remember, remember the 5th of November,
the gunpowder treason and plot.
I know of no reason
why the gunpowder treason
should ever be forgot.

Esta evocación a una antigua leyenda ya olvidada por los habitantes de la Inglaterra de V de Vendetta representa no sólo una invitación a escarbar en los orígenes, en el pasado no tan lejano que, como en el caso de 1984, se ha diluido en las mentes de una población sumida y adormilada por el poder, sino que además es un canto al recuerdo del hecho concreto al que hace referencia: la traición de Guy Fawkes y sus compinches en 1605.

La narradora de la película, de hecho la protagonista Evey Hammond, pregunta: “¿Pero qué ha sido del hombre?”, en alusión a Guy Fawkes. Tras ello, nos sitúa tras la estela de la segunda directriz que rige el argumento del filme:

Nos dicen que recordemos los ideales, no al hombre, porque con un hombre se puede acabar (…), pero cuatrocientos años más tarde, los ideales pueden seguir cambiando el mundo. Y he visto con mis propios ojos el poder de los ideales. He visto a gente matar por ellos y morir por defenderlos. No se puede besar un ideal, ni tocarlo o cazarlo. Los ideales no sangran, no sufren, y tampoco aman.

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